Capítulo 3


Capítulo 3

                                                   Capítulo 3                                

                                            Me largo a Roma

He decidido subir a mi cuarto y cambiarme de ropas para vestir civilizadamente. No voy a compartir el almuerzo con el tal Dimitri. Dice el refrán que hombre precavido vale por dos. Probablemente coma algo en algún restaurante cerca de la empresa y vuelva pronto para preparar mi viaje con Anthony.

Estoy a punto de salir por la puerta cuando el bruto de Antxón me cierra el paso de un modo brusco.

–¿Se puede saber dónde vas, gilipollas? – 

–Pues a dar una vuelta y a comer algo. No creo que eso esté prohibido, vamos, digo yo.– le respondo.

–Imposible. Esta noche sales de viaje y no está permitido salir desde la víspera a la calle. Nunca se sabe si el gilipollas de turno se va a rajar. Ya tuvimos a uno que se largó y no le hemos vuelto a ver el pelo.– Ahora me agarra del brazo y me obliga a entrar en el comedor.

No opongo resistencia. Verdaderamente la tentación de huir es grande. No entraba dentro de mis planes pero es comprensible que la empresa tenga cierto recelo, máxime cuando ya se han dado casos.

Son cerca de las catorce horas. En el comedor están ya casi todos, incluido el tal Dimitri. Por desgracia sólo hay dos sillas libres, la principal, que preside la mesa y que es donde se sienta Mister Patterson y otra junto al ruso.

  – Hola a todos– digo mientras me siento junto a ese sujeto deslizando la silla todo lo que puedo para dejar cierta distancia entre los dosEn determinadas circunstancias es bueno que corra el aire.

–Hola JuanVi.– me contestan casi al unísono.

Здравствуйте[1]– Me dice Dimitri sin mirarme mientras corta un trozo de pan con las manos. Miro a Horacio para indicarle que me traduzca.

 


[1] Nota del traductor:

 

Hola.


–Guapetón– Me contesta Horacio.

 

Me pongo en pie rápidamente y le grito al puñetero ruso en toda la cara:

 

–Me voy a cagar inmediatamente en la leche que mamaste, especie de bolchevique andante. No se por quién me has tomado pero te aseguro que yo sí sé dónde mandarte. Y probablemente hasta te va a gustar. –

 

Horacio ríe con carcajadas absurdas. No sé qué demonios es lo que le hace gracia de todo este asunto.

 

–Te he seguido broma porque JuanVi novato. Pero tener razón. Cosa ha ido demasiado lejos– Dice ahora el ruso en español pero con un acento carraspeante.

 

–¡Hostias, pero si hablas mi idioma tú también! – Estoy anonadado.

 

–Sí, yo muchos meses en Marbella con mafia rusa. Romper muchas piernas a traidores, chivatos y morosos. Pero tú camarada. Yo perdonar. – me contesta.

 

Me siento un poco atemorizado junto a él. Mister Patterson entra en el comedor. El reloj del hall está dando las catorce horas en punto. Lo de este tío es de concurso.

 

–Hola a todos– dice en general. Luego se dirige a mí. – Bueno, JuanVi, ya veo que conoces a Horacio y Dimitri. Son buena gente y sobre todo buenos gilipollas. Verás cómo haces pronto amistad con ellos.– se sienta y se sirve un generoso plato de cocido madrileño en su plato.

 

–Po no zé. Er picha ruzo parece que sa mosqueao un poquillo.– Es Antony, siempre con su acento gaditano.

 

–Dimitri es un gilipollas de los que hay pocos.– interviene Mister Patterson que parece dirigirse ahora especialmente a Horacio.– Convendría que aprendieseis todos de su buen hacer. –

 

Brenda está sentada frente a mí.

 

–Sí, JuanVi, Dimitri ha realizado ya más de veinte misiones. En una de ellas incluso estuvo con Moisés cuando lo de las ocho plagas de Egipto. En ese mismo viaje le escupió una salamandra del desierto en la cabeza y desde entonces es calvo pero usa un peluquín rubio que le mangó a Cleopatra en otra misión.– 

 

Mari Tere, la recepcionista entra en la conversación con cierto tono de enfado.

 

–Oye, que mi Horacio tampoco se queda corto. También  lleva unos cuantos trabajitos a cuestas. Incluso luce sus heridas de guerra como el que más. Por ejemplo, cuando viajó al Amazonas y una la tribu del Jíbaros le quisieron reducir la cabeza.– Ahora su tono baja unos decibelios y suena tristón–Desafortunadamente se equivocaron de cabeza y ahora da pena verle en cueros. – 

 

-¡Mari Tere, por el amor de Dios!. –le reprocha Horacio vivamente enojado. –Tampoco hace falta que vayas aireando nuestras intimidades delante de todo el mundo. –

 

–Tengamos la fiesta en paz– concluye Mister Patterson –Son gajes del oficio, eso es todo.–

 

–¿Jíbaros reductores de cabezas?– dice Dimitri riendo sin disimulo–Eso no contarme a mí nunca, Horacio. ¡Muy interesante!

 

–Iros todos a la mierda– Horacio se levanta y hace intención de abandonar el comedor.

 

–Señores, un poco de profesionalidad. –Mister Patterson intenta mediar para que la cosa no vaya a más.

 

–Como todos sabéis, JuanVi está a punto de partir hacia una misión importante. No creo que sea momento para acojonarle más de lo que ya está. ¡Coño que es muy novato todavía!– su voz suena tajante.

 

Terminada la comidatodos vuelven a su puesto de trabajo excepto Anthony y yo.  Entramos en el reservado donde está la cafetera y atamos los cabos sueltos que aún quedan para llevar a buen término la tarea.

 

–Este es el lugar en donde debes introducí er papel o lo que zea con la palabra ‘Retorno’ pa volver. – me entrega una especie de mapa en miniatura. Lo observo con curiosidad pero no me dice nada. No conozco en absoluto la ciudad. Ya le preguntaré a algún romano cuando llegue el momento.

 

–Y este es tu sarvoconducto que demuestra que no eres esclavo y además ciudadano de roma en toa regla.– Me extiende una especie de pergamino arrugado. 

 

Lo abro y lo leo con cuidado. Al fin y al cabo mi libertad depende grandemente de este papelucho. En él se especifica que soy un comerciante oriundo de la provincia de Hispania, concretamente de la próspera ciudad de Valentia en el oriente de la península. Me agrada que haya tenido ese detalle porque yo soy valenciano. Ya me está cayendo algo mejor esta especie de loco metido a científico. Pero pronto mi sonrisa pasa a ser una mueca de enojo.

 

–¿Este va a ser mi nombre romano? – le grito.

 

–¿Qué tiene de malo? ¿No te gusta?

 

–¡Gilius Pollus Casto!  ¡Yo te mato, cacho cabrón! –

 

–Hombre, no seas Malage. Todo ciudadano romano que se precie tiene su nombre y sus dos apellidos. Es lo que ellos llamaban ‘Preanomen’, ‘Nomen’ y ‘Cognomen’– intenta explicarme. Pero a mí todas estas patrañas que no entiendo me tienen sin cuidado.

 

¡Y una mierda para ti! ¿Cómo puede uno llamarse Pollus y apellidarse Castus? ¡La madre que te parió! ¿No ves que voy a ser el hazmereir de toda Roma?. –Se me hincha una vena del cuello de pura ira que siento. Este mal nacido me las pagará todas juntas cuando regrese.

  

–Bah, eso no tiene importancia.– me dice mientras da un sorbo ruidoso al café –Además ya es tarde pa corregirlo, picha. El farsificadó que nos hace estas cozas ha sio arrestao por el FBI. Por lo visto se dedica también a farzificá cupones de lotería premiaos. La cosa no tiene remedio. Pero créeme, compadre, allí la gente no le da importansia a cómo se llame cada cual. Pa que te hagas una idea, un centurión se llamaba Mingus Pito Pausico y la tropa se reía poco de él. También es verdá que er gachó tenía mu mala leche y crucificaba a los soldaos a poco que se cruzaba con ellos y les veía sonreír por er campamento.

 

No tengo ganas de discutir con este capullo. Bastante nervioso estoy ya como para quemarme la sangre con este imbécil de vía estrecha. Pero saco fuerzas de flaqueza y le contesto como Dios manda:

 

Algún día vais a acabar con mi paciencia y os voy a mandar al carajo no sin antes daros una buena manta de hostias a cada uno.

 

Bajamos al sótano en donde nos espera Bobby con la caja de cartón en donde están mis cosas para el viaje. Me cambio de ropas allí mismo y me vuelvo a disfrazar de mamarracho romano. A continuación entro como un condenado a muerte en la sala de los espejos en donde la silla de barbero me espera inclemente.

 

Anthony me ata los brazos y piernas sin mediar palabra y me coloca los cables necesarios.

 

¿Seguro que hablaré latín sin problemas? –Esta duda me perturba.

 

Estate tranquilo. Vas a parecer un Apóstol dando un sermón. Esta máquina hace milagros, ahí donde la ves.–

 

Aprieto los puños. Mi corazón acelera y minúsculas gotas de sudor invaden ahora mi frente. Y como la vez anterior, todo parece dar vueltas, Antony se vuelve borroso y la penumbra comienza a sustituir a la luz. ¡Hay que joderse en que líos me meto tontamente!