Capítulo 2


Capítulo 2

                                          Capítulo 2                                 

                                  Mister McLaughlin


Estoy a punto de abandonar el despacho de Mister Patterson cuando Brenda asoma por la puerta tras dar un par de golpecitos.

–  Mister McLaughlin está aquí. Desea hablar con usted. – dice mientras parece pedir permiso para que entre ese caballero.

–Hazle pasar, por favor– Mister Patterson se pone en pie y camina un par de pasos hacia la entrada para recibirlo cortésmente.

El tal McLaughlin es un individuo relativamente joven pero muy entrado en kiloslo que unido a sus lentes gordas como culos de vaso y una incipiente calvicie le dan un aire de persona que aparenta mayor edad de la que debe tener. Ambos se estrechan la mano y Mister Patterson le invita a sentarse en un sillón.

–Bien Arthur, ¿a qué debo en placer de tu visita. Tal vez deseas atar algún cabo suelto acerca del encargo que nos hiciste? – Le dice Mister Patterson a ese individuo que tiene más pinta de gilipollas que yo mismo.

–Sí, quisiera hablar con tu hombre para darle más detalles acerca de lo que realmente necesito que averigüe– definitivamente su voz es grave, bonita y agradable y nada acorde con su aspecto. A juzgar por su tono y su forma de hablar usando el tuteo, ambos deben tener bastante amistad. Mister Patterson le ofrece uno de sus espectaculares habanos puros, pero el otro lo rechaza con educación.

–Gracias Patxi pero ya no fumo. Lo dejé el mes pasado. Ahora ya  puedo subir escaleras sin fatigarme. Aunque nunca lo hago. Vivo en el piso veintisiete. Una cosa es poder hacerlo y otra ser tan imbécil como para llevarlo a cabo. Así que, en resumidas cuentas, sigo igual que antes de dejarlo.

Habla un español impecable y sin prácticamente acento. Tal vez me ha parecido apreciarle cierto deje manchego. Sin embargo, lo que más me llama la atención es que se dirija a Mister Patterson por su verdadero nombre.

–¡Hombre Arturo, no me jodas. Sabes perfectamente que no debemos usar nuestros nombres españoles. En este país no está bien visto. No es lo más adecuado para los negocios.–a pesar de su reparo, no parece haberle molestado demasiado a Mister Patterson ese compadreo entre ellos. Mister Patterson le hace una seña para que repare en mi persona.

El tal Aturo me mira sobresaltado. Indudablemente no se ha percatado de mi presencia hasta ahora.

–Perdona Patxi, no me he dado cuenta de que estaba este tipo contigo.– me mira con cierta curiosidad creciente.

–No te preocupes, es de la casa, concretamente el gilipollas asignado para tu misión. Canela fina, créeme, de los mejores. – y me hace un gesto para que me ponga en pieVerdaderamente esta gente es muy escrupulosa para el tema de los tratamientos y el trapicheo de nombres hispano-norteamericanos. Sin embargo, para llamarme gilipollas en mi propia cara no parecen tener tantos remilgos.

Me levanto lentamente y el payaso de Arturo me mira de arriba abajo. Él también se pone de pie, avanza hacia mí sin dejar de observarme como si fuese un bicho raro y me estrecha la mano.

–¡Fantástico! La viva imagen de un mercader romano del siglo primero. Yo soy Arturo Martínez. –Sigue su discursito sin soltarme la mano y apretando como si no hubiese un mañana– Nací en un pueblo de Albacete. Conocí a Patxi nada más instalarse en Philadelphia. Él no conocía a nadie en la ciudad y quiso la casualidad que nos encontrásemos en un bar. Le ayudé a encontrar un local adecuado a su negocio y allí comenzó nuestra fructífera amistad. Luego me contó a lo que se dedica y ahora recurro a él. – 

No sé para qué me cuenta todo eso. Francamente me importa un pimiento de qué se conozca esta gente. Lo que de verdad me preocupa es la dimensión del lío en el que estoy a punto de meterme.

 


Después del saludo nos sentamos uno frente al otro.

–Necesito obtener cuanta información sea posible recabar. Estoy en medio de mi tesis doctoral que trata, como seguramente te has imaginado, acerca del emperador Nerón. – me dice.

–Intentaré averiguar todo lo que pueda. – le prometo sinceramente.

–Recuerda siempre que la norma básica de la empresa es no interferir en lo más mínimo en el desarrollo de la historia. Limítate a observar y a callar. No hagas nada que no sea lo estrictamente necesario para sobrevivir.–Mister Patterson me lo vuelve a repetir nuevamente. Algo se olió acerca de mis andanzas en Raboblanco y debe tener la mosca detrás de la oreja. 

–Se ha escrito y hablado tanto acerca de Nerón que ya no se sabe lo que es verdad y lo que es leyenda. – continúa Arturo mientras se limpia las gafas con un pañuelo y me observa con sus ojos miopes.

–¿Debo prestar especial atención acerca de algún suceso en concreto? Según me dijo Mister Patterson anda usted interesado por el incendio de la capital. –Pregunto.

–Sí, eso me interesa sobremanera. Pero cualquier información inédita que puedas obtener será tan valiosa para mí como el oro.

–De acuerdo. Haré lo que esté en mi mano para satisfacerle. –Concluyo. – Si no se presenta ningún imprevisto, parto esta misma noche hacia Roma. – 

Se pone en pie y me vuelve a estrechar la mano a modo de despedida. 

–Ten cuidado y mucha suerte. – Se vuelve a colocar las gafas en su sitio y sus ojos parecen ahora mucho más grades.

–Y ahora, si eres tan amable, JuanVi, déjanos solos.– me dice Mister Patterson. – Arthur y yo tenemos asuntos que tratar en privado. Aprovecha para alimentarte bien en el almuerzo, descansa un poco y habla con Mister Anthony para que te de los últimos detalles que sea preciso que conozcas antes de marcharte a los foros romanos. – 

Su voz cambia ahora a un tono más paternal.

–Suerte. –

Salgo del despacho y me dirijo directamente al comedor para desayunar algo. Encuentro sentado a Horacio dando buena cuenta de una taza de café con leche y un par de donuts de chocolate. Charla animadamente con otro individuo que no había visto nunca.

Es un tipo rubio, de no más de metro sesenta y cinco, ojos pequeños y unos fuertes y musculados brazos que muestra llenos de tatuajes.

–Buenos días, señores. – saludo mientras me dirijo a la jarra de café del que sale un aroma reconfortante.

-Hombre, JuanVi, buenos días. –responde Horacio mientras me señala con su índice completamente pringado de chocolate y le dice al otro individuo:

–Dimitri, este es JuanVi, el gilipollas del que te hable. Es nuevo pero ya ha realizado su primera misión con bastante éxito. – El otro se incorpora y me tiende la mano a la vez que pronuncia su nombre.

–Dimitri.- y vuelve a sentarse como si nada frente a una fuente enorme de galletas que está consumiendo a velocidad meteóricaPor lo visto es de poco hablar el fulano este.

–¡Ja. Otro que se ha cambiado el nombre!. Probablemente te llamas Demetrio y te has americanizado. – ¡Dimitri, que imaginación tiene el payo este!

–No, no- me dice Horacio ahora- Es otro gilipollas como tú y como yo. Ya sabes que nosotros no nos cambiamos los nombres en la empresa. En todo caso lo hacemos cuando desarrollamos una misión y solo si es estrictamente necesario. Dimitri es un ruso auténtico y ese es su verdadero nombre.–

El tal Dimitri me mira un segundo y vuelve a su quehacer de devorar el desayuno como si no hubiese comido nunca en su vida.

–Siento haberte incomodado. Te pido disculpas si te has sentido ofendido con mi comentario. – le digo en tono de disculpa. Pero ni se inmuta.

-No te preocupes, JuanVi, Dimitri está curado de espantos. Es el gilipollas más antiguo de la Organización. Ha realizado ya muchas misiones y está acostumbrado a todo.– Me dice Horacio sin dejar de comer Donuts y con la boca medio llena.

–Vaya. Pues un placer conocerte. Seguro que tienes muchas cosas que contarme. Como sabes, soy nuevo en esto y me falta mucha experiencia. Que hayas sobrevivido a tantos viajes me reconforta y me da cierto ánimo. Lo reconozco, estoy algo intranquilo y nervioso ahora que se acerca el momento de partir.

–Скажи мудак этому парню заткнуться и дай мне позавтракать.(*) – Le dice el tal Dimitri a Horacio.

 –¿Qué ha dicho? No le he entendido ni papa. – Pregunto a Horacio que ha ido asintiendo con la cabeza a cada una de las palabras de ruso.

 La respuesta de Horacio me deja sin palabras.

 –Dice que te encuentra muy atractivo y que cuando quieras te pases por su cuarto y te contará bonitas historias acerca de Rasputín. –

 Salgo del comedor dando un sorbo a mi café con leche y dejando la taza medio llena. No tengo ganas de confraternizar con un camarada tan ¿Cómo diría yo? Ruso, eso, dejémoslo ahí. 

 

(*) Nota del traductor:

Dile al tipo ese que se calle y me deje desayunar