Capítulo 14


Capítulo 14

                                   Séneca


Apenas he andado unos pasos y ya estoy empapado. En mi desesperación lloro sin dejar de caminar a toda prisa. No tengo una idea clara de hacia dónde ir. Tirito de miedo y frío.

Corro y corro por las callejuelas de Roma. La ciudad se me antoja como un laberinto por el que cada vez voy más perdido. Me doy cuenta de que estoy otra vez llegando a los barrios más nobles. Es una suerte porque aquí hay pórticos con columnas en los que me puedo proteger de la lluvia. Subo unas escalinatas y me resguardo en uno de ellos.

Mi túnica está empapada y me proporciona más frío que resguardo. Afortunadamente los dioses romanos parecen tener mejor corazón que el mal nacido del autor de este libro, siempre buscándome las vueltas y  metiéndome en jaleos.

Una muchacha me grita desde dentro de la casa:

–No te quedes ahí con la noche que hace. Entra en mi casa y sé bienvenido. Podrás secarte y descansar. – me dice.

No encuentro palabras para agradecerle a la chicha su ofrecimiento. Me abre la puerta de su villa y entro en ella ensuciando con mis pies mojados el precioso mosaico con el que está recubierto el suelo de la entrada.

–Parece que Neptuno no se cansa de enviarnos su furia en forma de lluvia. – me dice la chica. Sostiene una correa corta en cuyo extremo hay un perro chato que me mira con muy mala cara.

–Puedes jurarlo. Debe estar muy enojado. Tal vez hemos sido demasiado descuidados con nuestros sacrificios y ofrendas. – le respondoEl chucho me olisquea desconfiado.

–Cuéntame. ¿Qué haces en plena noche por las calles con la que está cayendo? –

–Es una larga historia. Te aburriría enormemente. Pero por resumir, te diré que soy un hispano recién llegado a Roma y me he perdido por estas calles. –

Le he debido caer muy bien al perro, porque ahora está intentando montarme la pierna.  

–¡Quieto, Cerverus! – le reprende la muchacha– Esas no son formas de tratar a un forastero.

–Ni a un forastero ni a nadie. – le corrijo.

–¿Cómo te llamas?–

Gilius. ¿Y tú? ¿A quién le debo tan magnífica hospitalidad? 

–Soy Magna Galla– me responde. Y debe ser cierto, tiene unas manos desproporcionadamente grandes para ser mujer.

Me conduce a una estancia que dispone de una chimenea encendida. Su calor me reconforta.

Soy hija adoptiva de Séneca. Vivimos aquí desde hace poco tiempo. Antes lo hacíamos junto al palacio de Nerón. Mi padre fue su tutor. Pero tras el asesinato de su madre y esposa Agripina, mi padre ha ido cayendo en desgracia y ya no gozamos de la proximidad al César. –me explica.

¿Séneca el filósofo? – mi asombro no tiene límites.

El mismo que viste y calza. – escucho una voz de un hombre, de unos sesenta años, que entra en la habitación.

Le he invitado a entrar, padre, la noche es extremadamente lluviosa y fría. Estaba en nuestra entrada intentando protegerse de la tormenta. Me dio mucha pena verle tiritando de frío. –

Has hecho bien, Galla. – le dice el anciano filósofo. – No se debe dejar a un hombre desamparado al augur de los dioses si en nuestra mano está el evitarlo. –

Es un honor para mí conocer al gran Séneca, filósofo, político y gran personaje histórico de la antigua Roma. – le digo. No deseo que me tome por un ignorante. Algo sé de él gracias a alguna peli.

 –¿Qué es eso de la antigua Roma? – me pregunta extrañado. He vuelto a meter la pata hasta las ingles.

Quise decir que pasarán los siglos uno tras otro y tu fama seguirá recordándose. Roma envejecerá, pero no tu memoria. – Uf… esto de improvisar se me da cada vez mejor.

Me mira entornado los ojos como sin comprender bien.

Desnúdate y pon la ropa junto al fuego. – me dice la chavala. – ¡Joder con la Magna Galla, no se anda con rodeos!

Miro al anciano que no parece escandalizarse con las palabras de la mujer. El hombre se encoje de hombros.

Es mejor que coger una pulmonía. Además no vas a tener nada entre las piernas que no se haya visto ya en las múltiples estatuas que jalonan Roma. Tal vez no resulte decente pero siempre será mejor que pillar un enfriamiento. – Dice el viejo.

Afortunadamente, llevo debajo mis calzones de lino. Están tan empapados y fríos como la túnica. Ello hace que cuando me quedo vestido solo con ellos, mi masculinidad se haya reducido a su mínima expresión. Coloco mis prendas junto al fuego y me acerco todo lo que puedo para entrar en calor frotándome las manos.

Pritulcia, Manacea, venid rápido. – la muchacha está llamando a otras dos. ¡Joder, ahora va a resultar que me va a convertir en una especie de Boy de esos que actúan en las despedidas de soltera!

Las mujeres entran sin prestarme la menor atención.

–¿Qué deseas de nosotras, ama? – le preguntan sumisas.

Traed ropa para mi huésped. El pobrecillo está aterido de frío. –

Las mujeres salen de la estancia tan presurosas como entraron para cumplir el encargo de su dueña.

Cuando estés decorosamente vestido, Galla te acompañará a mi tablinum (biblioteca y despacho del señor de la casa. (Nota del traductor). Me gustaría compartir la velada contigo. Me pareces un ser sumamente interesante. – me dice el abuelete mientras sale de la habitación.

Las esclavas entran con una bonita túnica blanca que debe pertenecer al mismísimo Séneca. Desafortunadamente me está un poco corta. Pero servirá para tapar convenientemente mis vergüenzas. Cuando la tengo perfectamente colocada, me quito los calzones empapados procurando que no se me vea nada y los iba a poner también en el fuego para que se sequen cuando me doy cuenta de que tienen algún que otro residuo inoportuno. Así que los echo a la lumbre directamente.

Nada como ir liberado de estas molestas prendas cuando uno se viste con unos tejidos de tanta calidad. – le explico a Galla. Ella me mira sin pestañear pero esbozando una sonrisa poco disimulada. Sin duda ha reparado en los palominos de mis calzones.

No te apures, hispano. Es normal que en la últimas horas de día las ropas no luzcan como recién puestas. –

¡Joder, que vergüenza estoy pasando!

Tómate un tiempo delante de la lumbre. Sin duda has debido coger bastante frío. – me dice mientras sale de la estancia y me deja solo ante la chimenea bien provista de abundante leña.

Desconozco si esta es la sala principal de la casa. Pero realmente es hermosa. Las paredes está completamente cubiertas por pinturas muy bonitas que representan a la sociedad romana al completo. Dóminus, señoras, sirvientes y esclavos realizando las tareas domésticas y cotidianas. En otra de las paredes otras  pinturas representan escenas políticas con sus senadores, pretores, soldados…

Si alguien quiere saber el significado exacto de la palabra lujo, solo tiene que sentarse en la puta silla de Anthony, retroceder dos mil años y visitar estas espléndidas villas.

Una de las esclavas entra en la habitación y pone fin al éxtasis en el que me hallo. Recoge mis ropas todavía húmedas y de las que sale visiblemente una nubecilla de vapor a consecuencia del calor de la chimenea. Probablemente se las lleva a otro lugar en donde terminar de secar mi túnica e incluso plancharla.

Puedo escuchar a Magna decir en voz alta algo a sus sirvientas pero no me es posible averiguar que les está diciendo. La gruesa puerta que cierra esta habitación lo impide.

He entrado en calor rápidamente. Por una ventana puedo ver perfectamente como la lluvia arrecia todavía más. Incluso está comenzando a granizar. Me siento bien en esta casa.

Magna Galla ha dado orden de que me preparen una buena cena. Me la he zampado con glotonería infantil. ¡Qué carnes más exquisitas! Y el vino ¿Qué me dices del vino? Sencillamente espectacular.

Ella ya había cenado y se limita a observarme curiosa y divertida.

Juraría que no has comido nunca en tu vida, hispano. – me dice.

Nada como estos manjares que has dispuesto en la mesa. – le contesto.

Manacea, una de las esclavas, está detrás de mi ocupándose de que nunca falte vino en mi vaso.

No sé cómo agradecer tu hospitalidad. Pero dispongo de algunos ahorros con el que pagarla. –

No me ofendas poniendo plata en mi mesa– me dice– Estas cosas se hacen por humanidad. El dinero acaba ensuciándolo todo.

No sé, a mi todo esto me está escamando un poco. Es la primera vez que me siento completamente a gusto y seguro en la ciudad. Galla se desvive por mantenerme contento. Aquí debe haber gato encerrado.

Cuando acabo de cenar, la  esclava me ofrece un cuenco con agua para que me lave las manos. Pero no una toalla. Dudo por un momento en secármelas con la impoluta túnica blanca con la que voy vestido. Decido dejarlas secar al aire.

Galla me acompaña al despacho en el que Séneca me espera sentado en una especie de sillón soberbio de una sola plaza. Está escribiendo algo en un rollo de papel. Cuando me ve entrar, lo enrolla y lo deja en una estantería repleta de cientos de rollos como ese.

Así que eres hispano. ¿No es cierto? – me dice.

Sí, oriundo del levante. De Valentia, para ser más exacto. –

¿Valentia? No la conozco. – me dice– Pero yo también nací en Hispania. Concretamente en Córduba, una ciudad de la provincia Bética. Supongo que la Valentia, debe pertenecer a la Tarraconensis si está situada en el levante. –

¡Coño, entonces somos paisanos! – Exclamo.

He vivido tanto tiempo en Roma que ya no me siento hispano. Pero las raíces serán siempre las raíces. Me alegró mucho cuando escuché que tú eres hispano también. –

Quiero agradecerte tu hospitalidad. Galla me ha colmado de atenciones. Como forastero desconocido para vosotros, me ha asombrado mucho este comportamiento. – le digo.

He percibido algo extraño en ti nada más verte. – me dice– sin duda eres alguien especial. – 

¿A qué te refieres, noble Séneca. No entiendo que te ha hecho pensar que soy diferente a cualquiera. –

Sé leer en los ojos de los hombres. En los tuyos veo que sabes mucho más de lo que aparenta tu aspecto de humilde ciudadano. ¿Quién eres en realidad? 

 –Pues lamento defraudarte. No soy ni más ni menos que nadie. – le digo mientras contemplo fascinado su enorme biblioteca repleta de todo tipo de rollos, papiros y papelotes sueltos apilados en varios estantes.

–¿Qué es todo esto? Sin duda debe tratarse de la mejor colección de escritos jamás hallada en toda Roma. –

Tienes buen tino para apreciar lo que verdaderamente tiene valor. No te has dejado impresionar por los magníficos frescos que adornan las paredes de mi biblioteca ni por su imponente techumbre. Has dirigido tu atención directamente a mis obras literarias. Eso me dice que eres un hombre sabio y no un gilipollas. –

¡Meeeek! ¡Error! Este sabrá mucho de escribir y de filosofar. Pero de averiguar quién es quién no tiene ni puta idea.

Me dirijo a sus obras. Están allí todas perfectamente ordenadas. Sus diálogos, sus tragedias, sus obras satíricas.  Algo que llevaría directamente al orgasmo a cualquier historiador erudito.

Hay otra estantería en un lugar más discreto con otros tantos escritos.

Eso no debes curiosearlo. – me dice– sólo debe hacerse público tras mi muerte. Además de escritor y filósofo, me gusta llevar un diario completo de mi vida en Roma. Me ayuda mi hija Galla, mi vista ya no es lo que era. –

–¿Y por qué tanto secretismo con respecto a eso? –

 Aquí hay muchas cosas que me llevarían al anfiteatro directamente si salieran a la luz. – me dice ocultando con su pequeño cuerpo aquellos estantes. 

–¿Por qué? ¿Tan peligroso puede resultar sacar a relucir la verdad?

No te lo puedes ni imaginar, Gilius. A lo largo de mi dilatada vida he sido cuestor, pretor, senador cónsul, condenado a muerte dos veces y exiliado  y además terminé siendo tutor de Nerón. No puedes siquiera imaginarte la de conjuras, traiciones y sangres con las que está bañada la política del Imperio. –

Cierto. Para nosotros todo son habladurías y rumores. Pero nada llega a las provincias sin haber sido alterado mil veces por cada uno que lo cuenta. En Hispania de momento no hay esas conjuras palaciegas. Sólo algún noble en la cárcel por meter la mano en la caja y el auto exilio de su suegro, un rey famoso por su afición desmedida a meter otras cosas en otros lugares. –

 –En realidad, el Emperador no es peor tipo que otros a los que ha sucedido, a excepción del espantajo de su tío Claudio. Ese fue un buen hombre. – me explica– pero tener una madre como Agripina marca mucho. –

Hombre, tengo entendido que Nerón mató a su madre Agripina. –

¡Menuda hija de puta! – exclama–Sin embargo, no es nada especial en el palacio. El que más y el que menos lo es también. –

El hombre habla con cierta dificultad a consecuencia de su asma. Pero eso no le impide en absoluto levantar levemente una pierna y soltar un sonoro pedo y continuar hablando como sin dar importancia al hecho ni al nauseabundo olor que comienza a rodearnos.

A Agripina le debo la conmutación de mi pena de muerte, el levantamiento de mi destierro y el haber sido nombrado tutor de su hijo Nerón. Es por ello que no quiero ser demasiado duro con ella en mis memorias. Pero no perdonaré nunca el envenenamiento del Emperador Claudio, un buen hombre, y el asesinato de Germánico para darle el trono de Emperador a Nerón. –

¿Y todo eso lo tienes escrito en estos legajos? – pregunto– ¿No es demasiado peligroso disponer de toda esa documentación?

Sí, por eso debe mantenerse en secreto hasta después de mi muerte. – queda pensativo un momento– De hecho creo que ya he hablado demasiado ante un desconocido como tú. –

Permíteme, noble Séneca que te haga una pregunta

Adelante. Siempre estoy dispuesto a contestar a las cuestiones más inteligentes. –

–¿Qué coño has comido hoy para que te huelan los pedos de esa manera?. No hay dios que aguante este tufo…–

Eres un hombre extraño. No sabría decirte que, pero desde el primer momento en que te vi supe que tienes algo distinto en la mirada. Pero igual estoy equivocado. ¡La preguntita se las trae…! –

Seguro que te equivocas. Probablemente tu sensación se deba a que no estás acostumbrado a hablar con valentianos. A nosotros nos sacas de la pólvora, de los petardos y los grandes almuerzos con los amigotes y nos quedamos en nada. – Este tío se huele algo. Y no precisamente su tufo intestinal.

–¿Petardos? ¿Pólvora? ¿Qué es toda esa jeringoncia? ¿Qué idioma habláis en la Valentia?

Me cago en la leche. Soy un bocazas. Esta gente no conoce la pólvora todavía. Afortunadamente Galla entra en la biblioteca con una especie de toga grande y se la pone a su padrastro.

Es tarde, Séneca. La lluvia no cesa y la casa está fría. Debes cuidarte. – le dice al viejo.

Sí. Hora es ya de retirarme a mi alcoba. – me mira como disculpándose– Acomoda a nuestro invitado con alguno de los esclavos para que pase la noche. Mañana hablaremos con más tranquilidad y menos cansancio. –

Que descanses. – le digo mientras se retira y me deja solo con Galla.

La mujer me acompaña hasta unas estancias de la casa mucho menos engalanadas. Allí hay dispuestas varias habitaciones en donde duermen los esclavos. Abre una de las puertas y me indica que entre.

Es una especie de celda en donde sólo hay dos camas. Ningún otro tipo de mobiliario a excepción de un taburete y una percha de la que cuelga una túnica desgastada y gris.

Un hombre que está dormido se despierta alertado y se pone en pie inmediatamente. En la penumbra de la estancia veo que se trata de un esclavo negro de casi dos metros de altura. Está completamente desnudo y se tapa como puede con las dos manos algo que debe tener unas proporciones sobrenaturales.

Pichurrus, este es Gilius. Un invitado mío. Dormirá esta noche aquí. – le dice la muchacha.

 Mi túnica no es lo suficientemente amplia como para disimular la tembladera de piernas que me acaba de entrar.

Casi que mejor me vuelvo a la calle. En el fondo la lluvia me encanta. – atino a decir.

Y es entonces cuando el miserable del dios Júpiter me obsequia con un trueno como nunca había oído antes.

Déjate de tonterías– me dice GallaNo está la noche para pasarla a la intemperie. –

El tal Pichurrus me indica con un gesto la cama libre que hay al lado de la suya. La mujer nos deja solos y cierra la puerta. No sé si es a consecuencia de una ráfaga inoportuna de viento o de que mis sentidos están agudizados al máximo pero el portazo suena como un timbal aporreado por un loco.

En la percha puedo dejar mi túnica junto a la del esclavo. Pero jamás se me ocurriría desnudarme ante esta especie de Negro de Whatsapp. Me tumbo vestido sin dejar de mirarle fijamente.

Curiosamente el tipo se vuelve a acostar sin dirigirme la palabra ni hacer caso a mi presencia. Deben ser las once pasadas. Me espera una larga noche en vela. Agudizo mis oídos hasta oírle roncar. Pero no estoy tranquilo. Esta gente está siempre en estado de duermevela por si el amo lo manda llamar. Será mejor que no haga el más mínimo ruido y que no pegue ojo hasta que amanezca. Con estas cosas del armario trasero toda precaución es poca.

Nota del autor:

Estoy recibiendo por el privado multitud de mensajes de los lectores para que despierte al negro. ¡Pero mira que sois cabrones..!