Capítulo 13


Capítulo 13

                                                  Culus Envilo

Me gustaría asistir al teatro para ver alguna función. Pero hoy no hay programado ningún espectáculo. No quiero ni pensar en ir al Anfiteatro a ver las espantosas escenas de gladiadores matándose entre ellos ni mucho menos asistir a las ejecuciones que ser realizan en él. Nunca iré a ese terrible lugar. No lo soportaría.

Sin embargo, sí estoy interesado en ver con mis propios ojos las carreras de caballos y cuadrigas en el Circus Máximus. Debe ser un espectáculo formidable. Me gustaron mucho las escenas de la película Ben-Hur que vi en mi habitación de Philadelphia.

Pero debo dejar todos estos divertimentos para más adelante. Ahora lo que debo hacer es centrarme en mi futuro. La tarde vuelve a ser lluviosa, ráfagas de viento frío del norte sacuden Roma. No está el clima para paseos. Vuelvo a mi habitación e intento poner mis ideas en orden.

Afortunadamente dejé cerrada la ventana de mi cuarto y la habitación huele sólo a humedad. Está oscureciendo y enciendo una lamparita de aceite que tengo sobre la mesa. Llaman a la puerta.

–¿Estás ahí, Gilius?– Es mi amigo Pinarius.

Abro la puerta y observo que viene acompañado por otro hombre y un niño de unos diez u once años.

–Sé bienvenido, amigo– le digo mientras extiendo mi brazo hacia el interior de mi habitación para invitarles a entrar.

Una vez dentro, se producen las presentaciones.

–Este es Culus Envilo. Un comerciante que tiene su puesto cerca del mío, en el mercado. Y este es su hijo: Culito Envilo. – El niño se dirige a mi cama con todo el desparpajo del mundo y se tumba.

–Sé tú también bienvenido, Culus. –le digo al hombre.

 –Este es Gilius, mi nuevo amigo y colega del que te hablé. – le dice Pinarius.

–Me siento honrado de conocer a nuevos vecinos. Lamento no poder ofrecerte un pequeño aperitivo. Pero todavía no he terminado de instalarme y mi despensa está vacía. –

–No he venido a llenar mis tripas a tu costa. – Me dice– Sólo quiero hablar contigo de negocios. –

Culus levanta a su hijo de mi cama y se sienta en ella y a su lado lo hace Pinarius también. Yo me acomodo en la única silla de que dispongo.

–Pues tú dirás. Estoy dispuesto a escucharte. – Le digo.

 –Mi salud es muy delicada. Voy a dejar mi puesto en el mercado porque ya no puedo atenderlo. Mi hijo es un vago y no quiere continuar con el negocio. Lo que desea es ser militar. Estoy dispuesto a vendértelo por un precio justo. – 

–¿Venderme a quién? le pregunto– ¿A tu negocio o a tu hijo?

Culus cuchichea a mi amigo Pinarius algo que alcanzo a oír:

Este es gilipollas ¿No?

–Culus es un mercader que goza de buena reputación en Roma. Tiene una clientela más o menos fija y obtiene buenos beneficios. Pero como te ha explicado, va a liquidar su negocio y lo tiene en venta. – Me aclara Pinarius.

–¿Y con qué comercias, Culus?

–Fragancias, aromas delicadas, todo tipo de tintes y hierbas aromáticas y medicinales. –

–No me interesa. –le digo– No entiendo nada de todas esas cosas. No sabría sacarle partido a ello. –

–Lo comprendo, pero haz como yo, amigo Gilius. A esas bobas las puedes engañar con cualquier cosa. Las hierbas pueden servir para curar cualquier enfermedad si se las ofreces con una buena palabrería. Ellas saben tan poco como nosotros de botánica. Y en cuanto a los perfumes, si huelen bien, se venden por sí solos. –

Este tío es un embaucador. Pero es sincero.

–No, Culus. Seguiré con mi actividad textil. Es mucho menos complicada. No estoy interesado por tus mercancías. Pero sí que te compraría tu tenderete y tu carro, si dispones de él,  para transportar las cosas de un lado a otro. –

–Conforme. – Me dice Culus un poco defraudado por no haber podido endosarme todas sus mierdas al completo.

–¿Cuánto pides por ello? – le pregunto.

El hombre se lo piensa durante un momento.

–Trescientos sestercios– me dice al fin. – El puesto, el carromato y te regalo un buen lote de fragancias orientales. Te vendrán bien para que tu cuerpo y tu habitación huelan mejor. –

Miro a Pinarius en busca de consejo.

–Es un precio justo. – me dice mi amigo– Sólo el carro ya vale la mitad de eso, Gilius. Acepta. –

–No quiero engañarte, extranjero– me dice Culus. – El carro necesita algunas reparaciones. Pero no te preocupes por ello. Me encargaré de dejarlo como nuevo.  Pero date prisa en decidirte, será el último día que me instale allí. Como te he dicho antes, mi salud no es muy buena y dejo el negocio.  Pero tengo otras ofertas. He venido a tu casa por la insistencia de Pinarius, nada más. – me dice el hombre mientras su hijo, Culito, se entretiene es sacarse los mocos metiéndose los dedos en la nariz.

–De acuerdo. Acepto el trato. Conozco ya el mercado y no es necesario que visite tu puesto mañana. En el fondo todos son iguales. Pero cuando lo recojas todo, sí deseo ver el carro. Es algo que me será muy útil para mis propósitos. – le digo. – Cuando me lo enseñes te pagaré si está en buenas condiciones. –

–Me parece justo. Trato hecho. –me dice poniéndose en pie para dar por terminado el asunto. – Mañana al anochecer te enseñará Pinarius el lugar en donde lo guardo. Allí estaré esperándote. –

–Ya conoce el sitio. – le dice Pinarius y vuelve su mirada hacia mí. – Lo deja junto al mío en el mismo lugar que te mostré ayer. Puedes ir tu solo. Yo tengo que ocuparme de comprar más frutos secos para mi puesto. – 

Ambos se largan de mi casa. El niño me saca la lengua en señal de burla antes de salir y pega uno de sus mocos en el marco de la puerta. Es un maleducado. Por muchos años que sirva en el ejército este mequetrefe no pasará de cabo furriel.

Bueno. ¿Y ahora qué, tíos listos?.

Confesad que no apostabais por mí ni un solo céntimo cuando llegué a Roma. Miradme bien. Yo seré gilipollas, lo admito. Pero me he establecido en la ciudad, he conocido ya a gente importante, tengo buenos amigos y mañana seré el propietario de mi propio negocio.

 ¡Con vehículo y todo! Y no os doy más la brasa porque están volviendo a llamar a la puerta.

 Es otra vez Pinarius, mi colega de negocios empresariales.

–Vengo a advertirte. Gilius– me dice en voz baja mientras entra y cierra la puerta él mismo apresuradamente.

–¿Qué ocurre, Pinarius? –

–Ni se te ocurra venir mañana al mercado. Y mucho menos ir a por el carro. Culus es un estafador. Te estará esperando para matarte y quitarte lo que lleves encima para pagar la compra. – me dice jadeante.

–¿Qué me estás contado? ¿Acaso no has sido tú mismo el que lo ha traído a mi casa? – estoy desconcertado.

–Perdóname, noble Gilius. Le debo una gran suma de dinero a este rufián. No me ha quedado más remedio que participar en el engaño. No es la primera vez que usa esta farsa para robar. Créeme, es un asesino sin escrúpulos. –

Saco una botella medio llena de vino agrio que el inquilino anterior dejó en la despensa. Lleno dos vasos de barro que hay en el fregadero y le ofrezco uno a mi amigo.

–Te agradezco enormemente que me hayas puesto en aviso– le digo– Hubiese caído en la trampa si no llega a ser por ti. Parecía todo tan legal…–

–Me caíste bien desde el primer momento en que te vi negociando en el mercado con Popilia, la sirvienta de Nerón. – da un sorbo al vaso de que le he ofrecido. – Y por cierto, amigo, vaya mierda de vino. –

–Bueno, pues asunto solucionado. No asistiré a la cita y aquí paz y allí gloria. – le digo.

–No es tan sencillo, Gilius. Si no vas al cobertizo de los carros para cerrar el trato se olerá que algo no anda bien. Y lo peor es que por mi culpa sabe dónde vives. No dudes que vendrá a buscarte y a mí también. Hazme caso, vete de aquí mañana mismo. – Su voz se entrecorta.

–¿Y qué va a ser de ti, amigo Pinarius? – Su situación me preocupa enormemente. Pero que me haya metido en este jaleo me enoja.

–No te preocupes por mí. Le diré que te has marchado huyendo de los guardias porque eres uno de esos cristianos a los que andan buscando. – Me deja helado.

–¿Cristiano? ¿Qué te hace pensar que lo soy? – protesto.

–No lo sé, es una excusa como otra cualquiera. ¿Se te ocurre otra mejor?–

–No. Pero tampoco quiero que me involucren con esa secta pagana. – le digo– Probablemente, que se propague esta idea sobre mí sea más peligroso todavía. – Estoy francamente acojonado.

–Ya se me ocurrirá algo. De momento, recoge tus cosas y sal de aquí cuanto antes. Él sabe ya que tienes una bolsa lo suficientemente abultada como para comprarle el negocio. –Se levanta y vacía su vaso de vino en el fregadero.

–No es prudente que te vengas a dormir a mi habitación. – continúa–Si vuelve esta noche y no te encuentra en la tuya, es posible que  venga a pedirme explicaciones. Aunque no creo que vuelva hoy. Está confiado en que irás como un inocente cordero a por el carro. Además ¿Qué pensaría el vecindario si nos ve pasar la noche juntos a los dos? –

–¿Ya mí que me importan esos chismes de alcahueta? ¡De verdad, cómo sois los romanos de tiquismiquis para algunas cosas y lo poco que os importa ir cortando pescuezos a lo loco si con eso obtenéis beneficio! – 

–Déjate de filosofar, Gilius. Recoge tus cosas y sal volando. Es un buen consejo de amigo. –

–Pero largarme ¿Dónde? No tengo otro lugar en toda Roma para pasar la noche. Además le he pagado por adelantado dos meses a Amígdalas. – De verdad que me estoy cagando ya en todo.

–¡Hay que ver como sois los hispanos!. Parece que os importe más vuestra bolsa que la vida. – Confieso que me la ha devuelto bien.

–Te estaré eternamente agradecido, Pinarius. Ahora mismo recojo mis pertenencias y salgo de estampida. Espero que volvamos a vernos. –

–Seguramente. Pero eso sólo lo saben los dioses, amigo mío. –

Nos damos un sincero abrazo de despedida.

–Cuídate, Gilius. Y ten mucho cuidado en Roma. Esta ciudad no es para hombres como tú. Espabila si quieres vivir mucho tiempo en ella. –

Cierro la puerta y me apresuro a recoger mi talego en donde guardo las pocas pertenencias que me proporcionaron para el viaje. Después saco el dinero del escondrijo en donde lo había ocultado. Me dirijo a salir del edificio en plena noche cerrada. Amígdalas, el casero me sorprende en el vestíbulo de salida.

–Ya veo que no pierdes el tiempo, hispano. Apenas llevas aquí un día y ya te está tirando el pijo hacia los lupanares de Roma. – me dice luciendo una pícara sonrisa.

–Ya ves, griego. Como dicen en mi tierra: “tira más un pelo de figa que una maroma de barco” – Le contesto.

–Pues es muy buena frase, me la apunto. Porque además debe ser cierta. ¡Hay que tener ganas de irse de putas con el agua que está cayendo esta noche en Roma! – 

Ciertamente, está diluviandoAparte del torrente de agua que cae de las nubes, la que  se desploma desde los tejados aumenta la sensación de que la tormenta va a inundar toda  Roma. El río Tíber debe estar otra vez desbordado.