Capítulo 12


Capítulo 12

                                             Descubriendo Roma


Al alba, el edificio en donde vivo es como un enjambre de abejas. Las gentes bajan desde los pisos superiores hacia la calle. Los vendedores producen un estruendo con las ruedas de los carros camino de los mercadillos.

Unos niños juegan en el patio dando unos gritos intolerables. Algunos hombres y mujeres hacen cola para usar la letrina que está al aire libre y no dispone de ningún tipo de intimidad. Y para rematar el cuadro, dos mujeres discuten a grito pelado por una cuestión de turnos a la hora de usar uno de los tendederos que hay en el corredor.

Me siento en la cama y me masajeo un poco la nuca mientras bostezo. Después de un momento me incorporo y me lavo la cara usando el pequeño grifo del que afortunadamente dispongo. Desconozco si es agua es potable. Tomo un poco entre mis manos, la huelo y finalmente la pruebo. Tiene buen sabor.

Bien, pues Bienvenido a Roma. Me digo a mi mismo mientras me rasco el culo. ¿Y ahora que, tío listo? Sorpréndeme con una de tus maravillosas ideas. Pero antes explícame por qué coño te metes en estos líos.

Llaman a mi puerta y me pongo la túnica apresuradamente.

–¿Quién llama? –

–Soy Pinarius. Voy hacia el mercado ¿Vienes conmigo? –

Le abro.

 –Ave, Pinarius. Creo que no te voy a acompañar hoy. Quiero conocer primero muchas cosas de Roma. Me gustaría estudiar los mercados para ver dónde establecer mi negocio mejor. –

–Como quieras. Yo estaré donde siempre. Haz lo que te plazca. No te vendrá mal acostumbrarte a esta mierda. Pero ponte manos a la obra cuanto antes. La vida es muy cara y no se puede estar siempre holgazaneando por los foros sin ganarse un sustento. – me dice dando media vuelta. Cierro la puerta.

Tiene razón. Con todo lo que llevo en mi bolsa no puedo pagar ni siquiera el alquiler durante mucho tiempo. Pero anoche tuve una gran idea que debo madurar. Podría hacer que Excrementus me acompañe a Ostia para comprar más telas. Siempre es mejor circular por ahí acompañado por alguien conocido. Aunque solo sea un esclavo.

Me termino de ajustar la túnica y me aseguro de llevar el puñal en su sitio. Recojo unas monedas y salgo a desayunar algo. No pienso orinar en estas letrinas tan masificadas en la hora punta. Además me da vergüenza que me vean el pito meando en mitad del patio delante de todo el mundo. Encuentro debajo del fregadero un cuenco de barro y meo en él. Ya lo vaciaré a mi vuelta. Total, la habitación ya no puede oler peor.

Acudo a la taberna de Otacilia, que es la única que conozco. Esa mujer me cae hasta simpática. Y una vez desayunado con un vaso de leche de cabra exquisita, salgo a contemplar Roma en todo su esplendor.

El centro de la ciudad es tremendamente hermoso y fascinante. Sus bellos edificios, sus templos, sus amplias avenidas jalonadas con arcos de Triunfo conmemorativos de grandes batallas victoriosas. ¡Todo está muevo! Nada de ruinas y pedruscos tirados aquí y allá como ahora. Perdón, quise decir como en el siglo XXI.

El sol alumbra la ciudad pintándola de miles de colores vivos. La sombra de un acueducto parece dibujar un bonito mosaico sobre los tejados. Y las gentes caminan de un lado a otro atareadas con sus quehaceres rutinarios. Y finalmente quedo alucinado al contemplar la Domus Aurea, el increíble palacio que está construyendo Nerón y que ocupa una extensión inimaginable.

Mujeres ricas, vestidas con lujosísimas túnicas, caminan junto a sus esclavas, alguna de las cuales sostienen una especie de sombrilla para proteger a sus amas del sol. Estoy fascinado por tanto lujo y belleza. Pero me falta algo por ver. Lo que todo el mundo desea visitar en Roma, salvo los delincuentes y los cristianos, claro.

–¿Puedes indicarme dónde está el Coliseo?– le pregunto a un esclavo con el que me cruzo.

–¿Coliseo? ¿Qué es el Coliseo? – me responde extrañado.

–El anfiteatro, por supuesto. ¿Acaso eres tonto? –

–El anfiteatro se llama anfiteatro y nada más. Tú me preguntas por el Coliseo y yo no sé lo que es eso. Sin duda eres extranjero que no sabe hablar bien Latín. – me dice mientras señala con su dedo hacia un punto del este.

Debería haber leído algún libro de historia que me facilitaron en la empresa. De ese modo sabría que el Coliseo se construyó después de la muerte de Nerón y precisamente en parte de los terrenos que hoy ocupa su Palacio. Soy un genio a la hora de ir metiendo la pata. Cualquier día me puede costar muy caro.

La mañana avanza y es llegado el momento de ocuparme de mis negocios. Tiempo tendré durante estos interminables meses de hacer turismo y familiarizarme con esta ciudad, sus gentes y sus costumbres.

Lo primero es decidir si me voy a seguir dedicando al negocio textil. Basta con mirar a mi alrededor y ver que todo el mundo usa ropa, a excepción de alguna estatua que se pasa la vida en cueros en mitad de la calle con sus vergüenzas al aire.

La ropa representa un mercado inagotable. Y además no dependeré de las cosechas, el mal tiempo, las crecidas o las sequías como ocurre con los comerciantes de fruta. Ni tampoco tengo que preocuparme de las moscas, los malos olores ni la conservación en sal de los pescados.

Decidido el punto uno: seré un vendedor de telas y todo eso. Tampoco creo que haya que saber mucho al respecto. Lana es lana.

Pero todavía me quedan varias cosas por resolver. Por ejemplo, el tema de la ubicación de mi negocio. A pesar del éxito que tuve ayer con mi primera venta, creo que intervino más la suerte que otra cosa.

De momento continuaré en la plaza junto a Pinarius, pero no me agrada el tipo de clientes que deambula por allí. En este barrio sólo hay pobreza y de eso voy a estar bien servido en un futuro próximo. Lo consultaré esta noche con él.

Y luego está el importante tema de la logística y el transporte. No puedo perder mi tiempo en ir y volver varios días a la semana a Ostia a comprar. En esas jornadas no tendría ventas y por lo tanto beneficios. Y necesitaré también un medio de transporte para traer el género desde los almacenes del puerto hasta aquí.

Me voy dando cuenta de que establecerse uno por su cuenta es complicado. Pero no me queda otra.

Súbitamente escucho una algarabía inusual. Las gentes se apartan a un lado y otro de la avenida para dejarla libre. Un grupo de soldados a caballo abren una comitiva.

Dos tipos con trompetas largas como escobas hacen un ruido de mil demonios y por último, las gentes inclinan la cabeza cuando una litera sostenida por seis esclavos vestidos con un discreto taparrabos pasa ante nosotros.

Entre sus cortinas medio cerradas puedo ver una figura tocada con una corona de laurel y acompañada por una mujer cuyo rostro no consigo ver.

–Ave, César Nerón. – gritan y agitan sus brazos en señal de saludo. Pero el tipo no parece hacerles ni puñetero caso.

Unos soldados a pie le siguen cerrando la comitiva y tras unos minutos, desaparecen tal y como aparecieron.

Un hombre escupe en el suelo.

–¡La madre que lo parió! – susurra a otro que está a su lado. –Este tirano nos saca los ojos con sus desorbitados impuestos. Su Domus Aurea ya nos ha costado más de lo que podemos pagar. –

–Razón tienes, noble Quintus Cervezus. Roma pasará hambre antes de lo que podamos llegar a imaginar. – Le contesta el otro.

–Como las cosas sigan así, pronto tendremos que renunciar a nuestros esclavos, nuestras casas y comeremos el heno que damos ahora a nuestras cabalgaduras. –

–Es cierto– dice una mujer que está junto a ellos– Y pensar que nos reíamos del papanatas de su tío Claudio. –

–Sí– dice otro. –Este es peor todavía que Calígula. –

Un hombre me mira al darse cuenta de que estoy escuchando su conversación.

–¿Qué? ¿Te importa a ti mucho lo que estamos hablando?– me dice en tono agresivo y de pocos amigos.

–Yo soy un recién llegado a Roma desde la lejana Hispania. No sé nada de Nerón ni entiendo de política– le digo– Sólo conozco al Gobernador de mi país, Borbonius el joven y a su Magistrado Petrus Sanchus. Ignoro si Nerón es un buen Emperador o no. Pero francamente no me importa. –

–Cuidaros de criticar a Nerón en público– dice un anciano que también está al tanto de la conversación. – Tiene muchos espías infiltrados por toda Roma y la arena del Anfiteatro está sedienta de sangre. –

–¿No serás tú uno de ellos? ¿Verdad, Hispano? – el hombre vuelve a amenazarme. Los otros me rodean y me miran con recelo.

–¡Que no , joder! Ni espía ni conspirador. Yo vendo telas por los mercados de Roma. Eso es todo. ¿Acaso tengo pinta de ser otra cosa? – le respondo. Esto se pone feo. Pero un golpe de fortuna me saca de esta situación tan delicada.

–Ave, Gilius– oigo una voz ronca tras de mí. Es Sargentus, el tipo que se bebió mi vino en la taberna ayer y al que le di una limosna. 

–¿Conoces a este, Sargentus? – le pregunta el tipo que me ha acusado de espía. –

–Sí, es amigo mío. Un mercader bueno y generoso. – responde el tal Sargentus que me toma del brazo y me saca del apuro. Pero en lugar de limitarse a dejarme a salvo en medio de la calle, me conduce directamente hacia una lujosa taberna sin soltarme hasta que estamos dentro.

Sospecho que el favor que me ha hecho se lo quiere cobrar ahora con una buena jarra de vino. Pero no me importa. El incidente con esos bocazas podría haberme resultado mucho más caro que invitar a este individuo.

¡Sólo el dios Baco sabe lo que puede llegar a beber este hombre!

–Debes alejarte de cualquier disputa política–me dice entre trago y trago– Todo el mundo tiene mucho miedo del Emperador. Pero también hay mucho malestar con su reinado. Debes ser discreto y no escuchar nada, decir nada ni ver nada. Tú a lo tuyo y yo a li mío, Gilius. –

Sargentus tiene razón. Pero en cuanto a lo suyo… ¡seis sestercios llevo ya gastados en vino y el desgraciado ha pedido otra jarra…!

Decido volver a mi habitación. No considero prudente hacer una visita a Marcia después del incidente de anoche. Sin embargo, compruebo que por los alrededores de su casa no hay ya ningún soldado ni actividad sospechosa. Pero como bien han dicho estos ciudadanos, la ciudad está llena de espías.

Algunos patricios comienzan a acudir a las tabernas para comer y asistir a las ejecuciones públicas que a medio día se celebran en el Anfiteatro.

¡Pobre Huevus!. Probablemente le toque hoy a él pasar por el aro. Siento profunda pena de él.

Aprovecho mi viaje de vuelta para observar varios mercados al aire libre que están instalados por toda la ciudad. A medida que me alejo del centro y vuelvo a mi barriada, observo que tienen puestos de venta menos engalanados, pero que sus artículos a la venta no destacan por tener peor calidad que los de los barrios más prósperos, en contra de lo que se podría pensar en un principio.

Antes de llegar a mi casa, entro en otra taberna igual de mugrienta que la de Otacilia para comer algo. No quiero correr el riesgo de que me sorprenda mi colega Pinarius en plena comida y se acostumbre a que le pague los almuerzos. Es buena gente, pero avaro y aprovechado como todo buen romano.

He comido un pescado bastante bueno con un buen vaso de vino blanco.

Después, con el estómago lleno, voy al mercadillo para investigar  si puedo encontrar un lugar menos húmedo y más céntrico que en el que me instalé ayer. Me gasto una pequeña fortuna en comprar unos rollos de una especie de papel basto y gordo, un frasco con tinta y una pluma para escribir. Todo esto me parece necesario para comenzar a planificar mis negocios futuros. A continuación me acerco al tenderete de mi vecino Pinarius para saludarle.

–Todos los dioses sean contigo, amigo Gilius– me dice– ¿Qué te parece si vamos a comer algo? La carne de ayer estaba exquisita y ya es hora de cerrar y darle una alegría a las tripas. –

Va listo este si se cree que le voy a invitar otra vez.

–Ve tú solo, Pinarius. Yo hoy tengo que guardar ayuno. –

–¿Por qué? ¿Acaso te sentó mal el desayuno o la comida de ayer?

Tengo que improvisar alguna excusa.

 –No, todo lo contrario. – le explico– En mi tierra las Idus de Marzo se celebran erigiendo monumentos gigantes de madera y papel.  Les llamamos Fallas. Y luego los quemamos cuatro días después. –

–¿Y por qué hacéis semejante gilipollez?– me pregunta asombrado

–No lo entenderías. Pero hay un grupo de gentes que se encargan de ellos. Se hacen llamar Falleros. –

–Nunca oí nada semejante. Probablemente se trate de un grupo de bárbaros desconocidos hasta ahora en Roma. Habría que enviarles una legión para enseñarles a hacer cosas más prácticas. –

–No son peligrosos. Sólo ruidosos y adoradores del fuego. –

–¿Y qué tiene que ver todo eso con tu ayuno, Gilius? 

–Durante esos días, las tabernas y los tenderetes ambulantes suben sus precios lo que no te puedes imaginar. Yo siempre hago ayuno. Para mí es una tradición que respeto profundamente porque tampoco es que haya dispuesto nunca de una bolsa lo suficientemente llena como para permitirme el lujo de churros calentitos en esos días de fiesta. ¡Te cobran doce euros por una docena de ellos. –

¿Euros?

Perdón. ¡Que cabeza la mía! Quise decir sestercios. –

–¿Churros? –

–Engrudo de harina frita. –

–Ah. Pues sí son caras esas cosas, sí. –