Capítulo 11


Capítulo 11


                                              Sempronius Mamercus

Me aseguro de que mi pequeño puñal permanece oculto bajo mi túnica y parto hacia la casa de Marcia para acudir a la reunión.

Si las callejuelas de Roma me han parecido un tanto inquietantes durante el día, por la noche resultan aterradoras. Mientras camino entre ellas, todos mis sentidos permanecen atentos a cualquier sonido, ruido sospechoso y murmullo.

No reina un silencio absoluto. Desde algunas casas se pueden oír todo tipo de conversaciones en voz alta, broncas entre matrimonios y oraciones ofrecidas a los dioses. Pero no deja de ser una maraña de sonidos que se superponen los unos con los otros sin poder descifrar gran cosa de las que escucho.

Me cruzo por una de las estrechas callejas por las que camino con dos individuos borrachos como cubas que se sostienen a duras penas el uno contra el otro. Me pego a la pared para dejarles vía libre en la estrechez de la calle. Cuando va a pasar  a mi lado se detienen y uno de ellos me señala con el dedo.

 –Yo a ti te conozco. –me dice con voz gangosa a consecuencia de la borrachera. Su mirada es vidriosa y su aliento apesta a vino barato.

Palidezco. No quiero líos. Creo que no ha sido buena idea aventurarme de noche a recorrer  esta ciudad.

–¿De qué conoces a este, Cornelius? A mí no me suena de nada su jeta. – le dice el otro tambaleándose.

–Tu eres Marranus, el amante secreto de mi mujer. – me dice acercándose más a mí y sacando una puntiaguda daga de entre sus ropas.

–¿El Marranus del que tanto hablas, amigo Cornelio? – le dice el otro apoyándose en el hombro de su amigo y mirándome con ojos miopes y diminutos. –Entonces habrá que darte un escarmiento. Nadie va por ahí manchando la honra de mi compañero. ¿Comprendes? –

–Yo no soy ese tal Marranus. Sin duda te confundes de hombre. Yo me llamo Gilius– Le digo en voz alta con la esperanza de deshacer el equívoco.

Seguro que alguien me oye y baja a la calle para socorrerme. Mi cerebro piensa a toda velocidad: ¿Defenderte a ti, un desconocido que vagabundea por las calles oscuras? ¡Vamos no me hagas reír!

–¿Guilius? ¿Qué Gilius? – pregunta el tal Cornelio mientras me muestra su puñal amenazador a una distancia poco razonable de mi nariz.

–Pullus, Gilius Pollus– Le contesto.

–Ahí lo tienes, Cornelio. Acaba de confesar. – le dice su amigo.

–Pero ha dicho que se llama Gilius Pollus. Yo busco a Marranus. – el cornudo da un paso atrás para mantener a duras penas el equilibrio.

–¿Y qué más da, Cornelio. Sin duda tu mujer se acuesta con media Roma. Yo lo mataría ahora mismo por si acaso. – 

El tal Cornelio se vuelve hacia su amigo tambaleándose.

 –¿Cómo te atreves a decir eso de mi casta esposa, Gallumbus? ¿Acaso tú también te las has trajinado? –

–Yo que sé. – dice el otro –Pero es posible que sí. No puedo recordarlo bien con esta borrachera. Pero si así hubiese sido, espero que eso no te importe en absoluto. La vida es así, compañero. – 

Cornelio le lanza puñetazo hacia su rostro pero falla estrepitosamente a consecuencia de la tremenda cantidad de vino que debe haber bebido. El otro, sin embargo, cae al suelo al esquivarlo porque su equilibrio ha sido también liquidado por el alcohol.

Aprovecho la trifulca para largarme de allí a toda velocidad. Cuando llego a la esquina vuelvo mi mirada para ver si me están siguiendo. Pero compruebo que están los dos tirados en el suelo e intentando darse una paliza el uno al otro.

Al darme la vuelta para seguir mi camino me doy de bruces con una prostituta que debe tener más años que Matusalén. La aparto con un leve empujón sin miramientos ni dirigirle siquiera la palabra. Creo que Roma me está embruteciendo. ¿Pero qué quieres que le haga? Tengo miedo y ya no me fío de nada ni nadie.

La noche es fría pero yo estoy sudando a consecuencia del susto y de la carrera. Decido que lo más prudente es caminar con mi puñal en la mano disimulado en la manga. Método mucho más rápido, en caso de urgencia, que buscarlo en el interior de mi toga y desatarlo  de la correa de esparto donde lo llevo sujeto.

Afortunadamente ya estoy entrando en la zona más rica. Las calles están iluminadas con antorchas que un funcionario se encarga de tener siempre encendidas. Aquí noto más actividad. Algunos hombres caminan ociosos manteniendo sosegadas charlas entre ellos.

Unos entran en los lupanares en donde encontrar mujeres de la vida con las que pasar un rato. Otros simplemente está parados comentando cosas de política o anécdotas acerca de los festejos a los que han asistido hoy en el Anfiteatro.

También hay algunas patrullas de dos o tres soldados haciendo una ronda rutinaria. Son los Vigile (Bombero y policía semejante a los serenos). Me siento más seguro ahora y mis pasos son más firmes y cortos.

Veo también algunas mujeres acompañadas de sus esclavas charlando animadamente mientras se dirigen a sus casas. Otras están estáticas en las esquinas en busca de clientela. Ríen despreocupadas. Como en cualquier ciudad moderna, la vida es mucho más agradable en los barrios ricos.

Estoy ya muy cerca de la casa de Marcia cuando me llevo un susto de muerte. Alguien ha aparecido como de la nada a mis espaldas y me tapa la boca con una manaza que me ocupa casi toda la cara.

Tras doblarme un brazo que me produce intenso dolor, me resigno a asistir a mi propia muerte porque ¿Qué otra cosa puedo hacer? Pasaré a la historia como el único hombre que muere dos mil años antes de su nacimiento.

Pero ahora que lo pienso, no. No pasaré a la historia. Recuerdo que Anthony me dijo poco antes de mi primer viaje a Raboblanco:

 “Si mueres en el pasado pues ahí te quedas. Sería una muerte más de un fulano desconocido, sin influencias en nada de nada. Nadie llorará en tu entierro porque nadie te conocerá.”. Eso me dijo el cacho cabrón.

–No temas. – Un hombre me susurra al oído– No te voy a hacer ningún daño. Ahora retiraré mi mano de tu boca. No grites ni digas ni hagas nada. –

 Su voz me resulta familiar. Seguro que la he escuchado antes. Mis ojos están desorbitadamente abiertos por el terror. Creo que me he meado del susto pero este es uno de mis problemas menores en este momento.

Me suelta el brazo y libera mi boca. Me doy la vuelta para ver el rostro de mi captor. ¡Es Excrementus! El esclavo con el que me encontré en la Vía Ostiensis.

–¿Qué está ocurriendo aquí? – le digo en voz baja. –¿Por qué me has raptado? ¿Qué quieres de mí? – Estamos ocultos en un rincón de una fachada. A salvo de miradas indiscretas.

Otro hombre está a su lado y lo reconozco inmediatamente como Sempronius Mamercus, el marido de Marcia.

–La guardia pretoriana de Nerón está buscando cristianos por el barrio. – me dice –Probablemente sospechan que se reúnen en alguna de estas villas. Afortunadamente no saben con exactitud en cual.

–Es posible que Huevus Cuadratus haya confesado cuando le detuvieron– le contesto.

–No. En ese caso ya estarían registrando mi casa a conciencia. – 

–Huevus no nos delatará. De eso estoy seguro. – Dice Excrementus.

–La reunión queda cancelada. Y voy a prohibir a Marcia que continúe con estas prácticas. No estoy dispuesto a jugarme mi prestigio, futuro y libertad por culpa vuestra. Tentar al destino no es una buena cosa. – el hombre se muestra enérgico.

–Conforme. Entonces regresaré a mi cuarto cuanto antes. – le digo

–No es prudente que recorras solo estas calles. Los guardias podrían detenerte para interrogarte. Tú no eres ciudadano romano de pleno derecho por tu condición de extranjero de Roma. Te azotarán y terminarás dándoles mi nombre. – me dice– lo mejor es que permanezcas conmigo de momento. A mí me conocen. Soy  Edil de Roma. –

Me coloco bien la túnica que me ha quedado torcida a por el  forcejeo. Me quito los calzoncillos mojados a consecuencia del pis que me he hecho encima. Pero antes de arrojarlos a un rincón, un guardia me sorprende con ellos en la mano.

–¿Se puede saber que estáis haciendo, marranos? – nos grita. Viste con una hermosa capa roja.

–No es lo que parece, soldado– le dice Sempronius. – este hombre es mi amigo. Pero ha cogido la enfermedad de las fiebres y lo mejor es despojarle de las ropas infectas y quemarlas. Márchate para no contaminarte tú también. –  

El soldado escupe en el suelo.

–Tú sabrás lo que haces, Edil Sempronius. Pero hay lugares más apropiados para hacer guarradas que un rincón oscuro de una calle decente. La gilipollez esa de las fiebres no hay quien se la crea. ¿Me tomas por imbécil? – dice el soldado dando media vuelta y negando con la cabeza. –

–Todavía es temprano. Esperemos en algún lugar discreto a que los guardias se larguen  con viento fresco. – continúa Sempronius.

Entramos en una taberna. Nada que ver con las que he visitado hasta ahora. Aquí hay mucha variedad de todo tipo de cosas. Las paredes están decoradas con bonitos frescos dedicados al dios Baco. La clientela viste elegante y dos esclavos se encargan de servir el vino y las consumiciones.

Al fondo hay una sala amplia, con varias mesas de madera de calidad. Unos hombres juegan a los dados dando porrazos muy sonoros con los cubiletes al volcarlos sobre su mesa. Estos juegos están prohibidos porque derivan en apuestas. Pero en las tabernas se hacen oídos sordos y muchos hombres juegan y ganan o pierden sus bolsas.

Excrementus se queda fuera porque su entrada al establecimiento no le está permitida por su condición de esclavo.

–Ha estado bien el espectáculo de hoy en el Anfiteatro– Dice uno de los jugadores a otro. – El César sabe hacer bien las cosas. –

–Un poco flojos los gladiadores. Hoy no ha muerto ninguno. Nerón debe estar de buen humor y les ha perdonado la vida a todos los perdedores. ¡Un aburrimiento, chico! –

–Probablemente mañana será ejecutado Huevus Cuadratus– me cuchichea  Sempronius. –Nunca entenderé esta manía vuestra de adorar a vuestro nuevo dios. ¿Acaso no da igual un dios que otro? ¿Qué necesidad hay de soportar martirio y morir en la arena? –

–No lo sé, noble Sempronius. He de confesarte que yo soy cristiano pero mi fe es muy endeble. No suelo participar en las ceremonias y tengo más dudas que certezas. Pero admiro grandemente a quien es capaz de perder su vida a cambio de sus ideales y creencias. – le contesto.

–Los cristianos serán exterminados y desaparecerán. Nerón se ocupará de ello aunque dudo que sepa de vuestra existencia. En realidad sois muy pocos y casi nadie sabe siquiera de vosotros. Pero corren rumores que espantan a los romanos. Según he oído, os coméis la carne y os bebéis la sangre de vuestro Dios en vuestras ceremonias. Algunos creen que sois caníbales y que cuando hayáis terminado con él, comenzaréis a devorarlos a nosotros. Y para rematar la faena, no hacéis sacrificios ni ofrendas a nuestros dioses, que son los auténticos. –

Bebe un buen trago de vino y continúa mirándome muy serio.

 –En poco tiempo nadie se acordará de vuestra existencia. Sois una secta pagana abocada a su desaparición más pronto que tarde. Muchas de estas nuevas religiones bárbaras han surgido y desaparecido sin pena ni gloria. – augura Sempronius. – Sólo deseo que mi amada esposa se dé cuenta pronto, vuelva al redil y deje de adorar a un dios que solo trae desgracias a sus fieles. –

Me guardo de hablarle del futuro. ¡Cuán equivocado está Sempronius!. Sin embargo, he de reconocer que visto lo visto hasta ahora en Roma, puede que no le falte razón.

–¿Qué ha sido de Pedro el pescador? ¿Sigue en tu casa? – le cuchicheo.

–No, he dado orden a mis sirvientes de que lo saquen de allí y lo lleven a algún lugar en el que no pueda comprometerme con su presencia. Mi carrera política se esfumaría como la niebla si lo capturasen en mi casa. Y probablemente mi vida también. – me dice muy serio

Un esclavo nos sirve más vino, queso y algunas frutas y aceitunas.

–No te conozco bien, Gilius. Pero te aconsejo que te dejes de adorar a nadie y plantéate una vida sin jaleos. Haz como yo. Créeme si te digo que aquí en Roma lo importante son las apariencias. Haz tus sacrificios a los dioses para que todo el mundo te vea cumpliendo con las costumbres aunque no creas en ellos. Y no te metas en más problemas. –

–¿Acaso tu no crees en nada, Sempronius?–

–Hay que ser muy cándido para creer que Apolo, Marte, Minerva… existan. Nunca nadie los vio haciendo o deshaciendo cosa alguna. Pero es importante para nosotros, las clases dominantes, que se siga su culto. Representan la excusa perfecta para justificar cualquier desgracia natural o desventura que provoquemos a la plebe en nuestro beneficio. Basta con decirles que se deben a los designios de los dioses. –

–Pero es bueno creer en algo. – le respondo– Eso mantiene la esperanza para las gentes que poca cosa más posee. En el fondo es lo único que tienen. –

–Esa es la idea, amigo Gilius. – 

–Comprendo. – le digo– ¿Y qué va a ser de tu esposa Marcia?. No la imagino renegando de Dios. Su fe en él es inquebrantable. –

–Nada. Yo me casé con ella por su fortuna. Tampoco es mi intención renunciar a mi matrimonio y a los bienes y comodidades que me proporciona. La amo, pero si las cosas llegasen a un determinado punto…– Hace una pausa siniestra.

–¿Serías capaz? –Se me han puesto los bellos de punta al escucharle.

No contesta. Acabamos nuestro vino y se pone en pie para que nos marchemos nuevamente.

Excrementus está sentado sobre un escalón que da acceso a un palacete y se pone inmediatamente en pie al vernos salir.

– Tal vez yo ya he hablado demasiado. Al fin y al cabo, todavía eres un perfecto desconocido para mí. Que te acompañe Excrementus a tu hogar. Irás más seguro. Y espero de ti un silencio sepulcral acerca de lo que hemos conversado. – Nos damos la mano en señal de despedida y veo como se aleja en dirección a su lujosa casa.

Durante el camino de vuelta, el esclavo camina detrás de mí todo el tiempo sin hablarme. Se me hace corto el trayecto porque yo sigo dándole vueltas a un millón de cosas en mi cabeza. Pero tal vez el romano tenga razón. Debo centrarme en planificar mi futuro sin meterme en líos. Sin embargo, tengo todavía en mi mente la imagen de San Pedro hablándome a mí, un gilipollas, y ungiéndome como a un elegido.

¡Y me ha llamado por mi auténtico nombre! ¿Cómo es eso?

Llegamos al edificio en donde me hospedo.

–¿Tienes previsto ir mañana a Ostia para comprar más cosas para Hijoputus? – Le pregunto al esclavo.

–Eso yo no puedo saberlo. Si mi amo me lo ordena iré y si no tendré que trabajar en uno de sus campos de cebada que tiene tras el río Tíber o atender a las faenas de la casa. Un esclavo nunca sabe más allá de su día a día. – me contesta con mucha tristeza.

–Bien, pues ya sabes donde vivo. Cuando vayas a emprender un nuevo viaje a Ostia ven y avísame. Tengo algo que proponerte y que  te puede interesar. – 

–Conforme, así lo haré. – me dice. Y reemprende el camino de vuelta.

Yo subo con paso cansino hasta mi habitación. Entro en ella y apenas tengo ya fuerzas para quitarme las ropas y dejarlas tiradas por el suelo de cualquier manera. Me acuesto en una cama dura pero reconfortante. El día ha sido muy largo y estoy muy cansado.

Cierro los ojos con la intención de dormir pero los abro rápidamente. El griego tenía razón cuando me dijo que no dejase la ventana abierta durante mucho tiempo porque en el patio están las letrinas comunitarias. Mi habitación huele a mierda.

Y ahora no sé si cerrar la ventana o dejarla abierta para que se airee la habitación a riesgo de que alguien baje a cagar y me vuelva a inundar la estancia con su pestuza .