Capítulo 10


Capítulo 10

                                         Mi nuevo hogar

Vuelvo a callejear por Roma pero esta vez en sentido contrario. Las lujosas villas van perdiendo categoría a medida que me voy acercando a los barrios más humildes. Las calles son más estrechas y sucias. Las gentes ya no visten por aquí hermosas túnicas blancas sino ropas de lana con colores apagados por el usoEl fresco aroma de las flores de los bien cuidados jardines de las lujosas villas no llega hasta aquí. Y la Roma de las gentes pobres huele mal.

Sin embargo, no hay plazuela por pequeña que ésta sea, que no disponga de una fuente que ofrezca generosa un agua muy fresca y limpia en donde apagar la sed o llenar un ánfora.   

Es media tarde cuando ya estoy de regreso al mercado en donde esta mañana he vendido mis telas. Ya no queda ni rastro del gentío que la abarrotaba. Sólo unos cuantos mercaderes permanecen todavía allí realizando sus últimas ventas a los pocos clientes rezagados que quedan. El resto o ya se han marchado o están recogiendo perezosamente sus puestos.

Pinarius, el hombre de los frutos secos, está terminando de cargar sus cosas en un pequeño carrito de mano.

 –Hola Gilius– me dice– Ya estaba a punto de irme. Por un momento pensé que no volverías.

–No, Pinarius. Necesito tu ayuda para encontrar un lugar en el que vivir. Roma no es ni mucho menos como me la imaginaba y voy a necesitar mucha ayuda hasta que me instale y conozca el modo de vida de aquí. –

–Te comprendo, Gilius. Yo también fui forastero y sé por lo que estás pasando. La gente de provincias se cree que en Roma se atan los perros con longanizas y que todo el mundo es rico y goza de esclavas y buenas casas en las que vivir. Pero eso sólo es para unos cuantos. Los demás nos limitamos a servirles de un modo u otro y a ganarnos laboriosamente un poco de pan y vino caliente que nos alegre las noches. –

–Algo me dice que durante veinte siglos las cosas no van a cambiar demasiado. – le digo.

–Eres un tipo raro. Gilius. A veces hablas como un paleto y otras pareces un oráculo de esos que adivinan la providencia. Más te vale espabilar. Sólo los dioses saben de esas cosas y no conviene desafiarlos con estúpidos presagios. –

Le ayudo a cargar la última cesta repleta de nueces en el carrito y abandonamos la plaza del mercado para adentrarnos cada vez más en la estrechas calles empedradas que hacen que las ruedas de madera, protegidas con un aro de hierro en su circunferencia,  retumben como tambores contra los adoquines de piedra.

En este barrio las calles son tan estrechas que un hombre podría extender los  brazos y casi tocar con la punta de los dedos ambas fachadas.

Los edificios están construidos con ladrillos de adobe y madera y casi todos tienen tres y hasta cuatro pisos. Es por ello que el sol nunca alcanza la calzada y el olor a humedad es más que patente. No son nada elegantes ni están adornados con ricos mármoles. Sólo algunos están pintados con colores ocres. En general, me parece un panorama francamente deprimente.

No pasa mucho tiempo hasta que Pinarius detiene la marcha frente a una puerta grande de madera. Saca de entre su túnica una enorme llave y abre una especie de candado de dimensiones colosales que cuelga de unos ganchos de hierro. Entramos en una estancia iluminada por dos claraboyas abiertas en el techo. Allí ya hay otros carros similares al de mi amigo perfectamente alineados contra las paredes desconchadas.

  –Aquí es donde guardamos nuestras mercancías hasta el día siguiente. Es un lugar seguro y nuestro negocio queda a salvo de los ladrones que merodean por la noche. – me explica– Sólo los inquilinos tenemos llave de esta puerta y nos conocemos todos. – 

Tras aparcar su carro en un lugar, que supongo tenga asignado, volvemos a salir a la callejuela. Cierra el oxidado candado y se asegura de que ha quedado completamente asegurado.

–Y ahora vamos a comer algo– me dice– Todavía no he probado bocado desde esta mañana temprano. Conozco un lugar en donde podremos llenar la panza a  conciencia por un módico precio.

–Conforme, noble Pinarius. Pero favor con favor se paga. Permíteme que sea yo quien corra con los gastos de la comida. De algún modo he de agradecer tu amistad y el éxito de mis ventas. –

–Acepto. Eres generoso, Gilius. Después de comer iremos a hablar con mi casero para ver si puedes cerrar un trato de alquiler con él. –  

A poca distancia encontramos una taberna muy parecida a la que visité en el puerto de Ostia. Pero es un poco más pequeña y lúgubre.

Una mujerona está tras la barra con cara de pocos amigos. Varios hombres beben de pie y ni rastro alguno de las mujeres.

Entramos decididamente en ella. Pinarius saluda a la tabernera.

–Ave, Otacilia, hoy te traigo a un invitado de honor. Se llama Gilius y es un buen amigo mío. Trátale como se merece y no como a mí, vieja arpía del inframundo. –

–Ave, Pinarius. –contesta la mujer sonriendo. – Ya veo que se me llena el local de ratas inmundas. No tengo bastante contigo y tus impertinencias que encima me traes a uno de tu especie. – La tabernera  me guiña un ojo.

 –Déjate de bobadas. Tenemos hambre mi amigo y yo. 

La mujer abandona la barra y nos hace pasar a una especie de comedor reservado con cuatro viejas mesas de madera muy gastadas y unos taburetes demasiado pequeños para mi estatura. Restriega un trapo mucho más mugroso que la propia mesa que pretende limpiar.

–¿Y qué queréis comer, si puede saberse?– pregunta al fin.

–Pan untado en aceite, un buen trozo de queso y carne en abundancia. Por supuesto, sírvenos el mejor vino que tengas en tus bodegas. Hoy vamos a comer como patricios. Mi amigo es un comerciante de éxito y corre con los gastos. –

Desde luego que a esta gente le das un dedo y se toma todo el brazo. Pero no me incomoda. Al fin y al cabo le necesito para instalarme en la ciudad. Un amigo con el estómago agradecido vale por dos.

La mujer se marcha para preparar las viandas y vuelve a no tardar mucho con una jarra de vino y dos vasos de barro.

Tenemos una idea equivocada acerca de la comida romana de la época. Nos imaginamos a las gentes disfrutando de grandes banquetes con frutas, comidas grasientas y atiborrándose de vino. Pero esa no es la realidad. Sólo para los pudientes están reservados esos lujos cotidianos.

La gente común se alimenta de pan, aceite, queso rancio, algunas aceitunas traídas del sur de la península, frutas frescas, llegadas con suerte este mismo día desde Ostia o de alguna huerta cercana, uvas, higos o manzanas, frutos secos como almendras o piñones y mucha verdura. La carne raramente la comen por su elevado precio.

No, definitivamente la vida cotidiana en los suburbios para la gente pobre nada tiene que ver con el lujo de las escenas que estamos acostumbrados a ver en las películas o relatada en los libros.

Cuando vuelve Otacilia con dos platos de carne le pido que nos ponga una ración de patatas bravas. Siento curiosidad por saber cómo las preparaban estas gentes. Y a mí me encantan. Sin embargo la mujer me mira como si le hablase en arameo.

–¿Patatas? ¿Qué son patatas? ¿De dónde has sacado a este individuo, noble Pinarius? ¿Es acaso tartamudo?. –

La mujer tiene razón. Las patatas son originarias de América y faltan quince siglos para poder disfrutar de ellas en Europa.

–Mi amigo es extranjero. Recién llegado de la lejana provincia de Hispania. Tal vez allí al Garo le llamen patata. Ya sabes lo rara que es esta gente. – 

–Eso es. – intento corregir mi metedura de pata– Quise decir Garo. En mi tierra se le conoce como patatas. Tiene razón mi amigo. En Hispania no somos tan refinados como en Roma. En realidad somos unos bárbaros y a cualquier cosa le llamamos patata. –

La mujer me mira con un gesto de extrañeza y se encoje de hombros. 

–El impero se ha hecho demasiado grande. Cualquier día los forasteros de estas provincias lejanas se atreverán a decirnos hasta cómo debemos hablar, comer, cagar o fornicar. Alguien debería encargarse de que esto nunca ocurra. – dice mientras se retira y vuelve con un pequeño recipiente en donde reposa la famosa salsa Garo.

Mi nuevo amigo se encarga de servir el vino en los vasos y después eleva el suyo hacia el cielo como ofrenda a los dioses. Yo hago lo mismo.

–Ninguna taberna en Roma tiene un Garo como el de Otacilia. – me dice mi compañero mientras extiende una cantidad generosa de ese mejunje en su plato de carne y en el mío.

El pan es muy tierno aunque carece de lavadura. Su sabor con aceite es excelente.  Pero el Garo es una puta mierda. Se me pega al paladar con un gusto excesivamente agrio para mi gusto y convierte el apetitoso trozo de carne en un auténtico bodrio.

–Exquisito. Tienes razón, amigo. Nunca había probado Garo como este en toda mi vida. – le digo a Pinarius intentando contener una arcada de asco que me haga vomitar lo poco que he comidoY haciendo de tripas corazón me termino la carne entre trago y trago de vino para evitar su espantoso sabor.

Terminado el banquete, mi amigo Pinarius se acaricia la panza y emite un tremendo eructo. Parece que está satisfecho con la pitanza que se ha metido entre pecho y espalda.

La broma me ha salido al final por seis sestercios. Un precio relativamente caro según el baremo que estoy estableciendo para manejarme con estas monedas tan desconocidas para mí.

Estamos a punto de ponernos en pie para salir a la calle y buscar mi alojamiento cuando un individuo sucio y mal encarado se acerca a nosotros.

–Noble Pinarius, sean los dioses contigo. –después me lanza una mirada– Y con tu amigo, por supuesto. – 

–Los dioses estén también contigo, Sargentus. – responde a su saludo  Pinarius. –

El hombre toma mi vaso de vino, lo llena con los restos que quedan en la jarra y se lo bebe de un trago si pudor ninguno.

–Te presento a mi gran amigo Sargentus. – me aclara Pinarius. –Es un suboficial de caballería retirado del servicio de armas. Lamentablemente fue malherido en una reyerta fronteriza contra los bárbaros del norte y tras muchos meses de convalecencia, el ejército lo licenció. Ahora vaga por las calles de Roma mendigando un trozo de pan o vino. Él no le hace ascos a nada que le resulte gratis. –

Verdaderamente, el aspecto del Sargentus ese no es muy saludable. Me apena ver a un hombre todavía relativamente joven en estas circunstancias. Meto mi mano en mi bolsa de cuero en donde tengo todas mis monedas y le entrego un par de Semis, lo que viene a ser medio sestercio, creo.

El hombre parece ofendido.

– No vengo a mendigar tu dinero, extranjero. Pero sin duda Apolo y el resto de los dioses han guiado tu mano hacia tu fortuna para compartirla conmigo. ¿Quién soy yo para desatender los deseos divinos? – 

Toma el dinero agarrándolo fuertemente en su puño como para que no se lo arrebate si me arrepintiese en el último momento. Este hombre tiene más cara que espalada y creedme que visto por detrás es como un armario ropero.

–Ya lo ves, Sargentus. Mi amigo Gilius es así. Además de ser un comerciante de primera es un hombre generoso. –

El tal Sargentus se da un enorme golpe con el puño en el pecho y se cuadra militarmente ante mí.

–Si alguna vez necesitas un buen criado que te sirva bien, cuenta conmigo, extranjero. No encontrarás en toda Roma alguien que te sea tan fiel como yo. – me dice muy serio. Después da media vuelta y se larga con la misma velocidad con la que apareció, dando zancadas que se me antojan como de corte militar. Pero antes de salir repara en los dos semis que le he entregado y que mantiene fuertemente apretados en su puño izquierdo. Da una palmada sobre la barra y grita a la tabernera:

–Cerveza. Y date prisa. No todos los días puede contemplar una vieja  tabernera como tú a Sargentus pagando su consumición. – y deja uno de los semis orgulloso encima de la barra.

Nos despedimos de Otacilia y salimos por fin a la calleja. Recorremos y buen trecho hasta llegar a uno de esos edificios de cuatro plantas en donde nos detenemos.

–Aquí es donde yo vivo. – me dice, y penetramos en un vestíbulo desde donde parten dos escaleras a derecha e izquierda. Entre ellas hay una puerta pequeña de madera que a la que Pinarius llama propinándole dos sendos puñetazos secos.

–¿Quién osa aporrear la puerta de mi humilde morada?– Se escucha preguntar una voz rancia desde su interior.

Abre, Amígdalas, te traigo un nuevo huésped. –

Es el propietario de todo el edificio. – me dice mi amigo –Un griego muy bien acomodado que hizo fortuna en Roma. Es avaro y antipático. Pero tiene buenos precios para cómo están estas cosas de los alquileres en Roma últimamente. –

Un hombre mugroso abre la puerta y nos observa durante un par de segundos.

–Espero que vengas a pagarme la última mensualidad. Te recuerdo que no tengo por costumbre perder dinero con gente descuidada en los asuntos del pago de sus deudas. – Le dice a Pinarius sin apartar la mirada de mí.

–Aquí tienes lo acordado, Amígdalas. He renunciado incluso a comer por pagar mi deuda contigo. Así somos los Pompeyanos; Antes morir que permanecer entre lenguas. –le dice mientras le entrega una pequeña bolsa con monedas. Desde luego que he de andarme con mucho cuidado con estas gentes. Tienen un morro que se lo pisan. ¡Renunciado a comer dice el sinvergüenza!

–¿Y este quién es? – le dice mientras cuenta las monedas de la bolsa y las vuelve a introducir tras comprobar que suman el importe adeudado.

–Gilius– le contesto yo. – Un comerciante llegado hoy mismo a Roma y que desea obtener techo bajo el cual vivir una temporada. –

–De acuerdo. Tengo habitaciones libres en el cuarto piso. Y una en el segundo, pero supongo que esa no te interesa. –

–¿Por qué no? ¿Acaso tiene algo de malo ese cuarto? – pregunto.

–Las habitaciones de los pisos primero y segundo tienen agua corriente todo el año. Es por ello que su precio es superior. Sin embargo, las más altas no tienen este servicio porque no hay suficiente presión desde los acueductos para que lleguen las aguas hasta ellas. Esto lo saben hasta los más tontos de Roma. – me responde el griego con un tono de reproche como si yo debiera conocer este extremo.

–¿Y cuál es su coste? – Algo me dice que me va a pegar un sablazo de los que hacen historia.

–Todo depende de cuánto tiempo pienses ocuparla. Cuantos más meses más podremos ajustar la cantidad. Pero nunca bajará de los mil ochocientos sestercios anuales. En cuanto a las del cuarto piso, te las podría dejar en ochocientos si estuviese dispuesto a perder dinero contigo. Lo tomas o lo dejas. – 

–Es un precio muy razonable, créeme. – me dice mi amigo Pinarius.

–Pues no tengo mucha idea del tiempo que pasaré en Roma. ¿En qué mes estamos ahora? – le pregunto.

El casero griego mira a Pinarius como si no hubiese comprendido mi pregunta.

–¿De dónde has sacado a este pájaro que no sabe ni en el mes que vive? – 

–Soy Hispano. Allí es posible que el nombre de los meses sea distinto que en Roma. Ya sabes que en cada provincia se viene haciendo lo que le salga de los huevos al Gobernador de turno. – Creo que eso no es cierto, pero de algún modo debo despejar su recelo

–No tengo ya bastante con la gentuza a la que arriendo mi casa y que la trata sin ningún respeto, como para que me venga un Hispano a tocarme las narices. –

–Estamos en los Idus de Marzo, Un día de buen augurio, como has podido comprobar, Gilius. – me aclara Pinarius.

¡Marzo! Entonces voy a tener que pasar cerca de cinco meses hasta averiguar cómo se incendian estos barrios infectos. El cabrón de Arturo se ha querido asegurar sin duda de que conozca a fondo la raíz del asunto. No esperaba ni de lejos tener que pasar tanto tiempo en Roma.

–Ya te digo, extranjero– insiste el griego– Desde que Nerón nos acuchilla con impuestos esto es un negocio ruinoso. Espero que estas Idus sirvan para mejorar la situación. Ganaba mucho más hace unos años que ahora, en pleno año sesenta y tres.

¡Año sesenta y tres! Me cago en la madre que parió a Arturo. O tal vez sea cosa del inútil de Anthony. ¡El incendio de Roma se producirá en el año sesenta y cuatro! Esto me deja año y medio de estancia aquí.

Intento no perder mi aplomo y como quien quita importancia a las cosas le respondo.

–Tengo previsto permanecer no más de año y medio en Roma. Me interesa tu oferta pero no puedo pagarte este dineral de golpe. Podría pagarte mensualmente, si me concedes esa gracia. –

El hombre despliega todo un teatrillo rascándose la nuca y a base de gestos para darme a entender que le cuesta aceptar mi proposición.

–De acuerdo. Te cobraré sólo dos mil trescientos sestercios anuales por la magnífica habitación del segundo piso. Me pagarás puntualmente cada mes. En ella tienes una pequeña fuente en donde poder asearte, una buen diván donde dormir y una mesa con su correspondiente silla, un armario grande para depositar tus cosas y una ventana que no debe permanecer mucho tiempo abierta porque da al patio interior en el que hay una letrina común para todos los vecinos. 

También tengo una pequeña terma. Sin embargo, no dispone a agua caliente. El precio prohibitivo de la leña y el carbón, con tanto impuesto, hacen que sea ruinoso su funcionamiento. Eso sí,  te podrás lavar en ella aunque sea con agua fría. Así lo hacen todos. Al menos a los que les importa la higiene –le dice ahora a Pinarius mirándolo fijamente para que se dé por aludido.

–Conforme. – le respondo. Y le entrego la cantidad acordada para pasar los dos primeros meses.

–¡Quebrantus! – grita ahora el griego hacia el interior de su casa. De ella sale un hombre con aspecto de estar muy sano y fuerte. Debe tratarse de un esclavo de las provincias africanas porque su piel es negra como el mismo cielo nocturno.

–¿Qué se te ofrece, Dóminus? – dice el esclavo.

–Sube al segundo piso y echa de una buena patada a Morosus, el vendedor de calzado. Ya lleva dos meses sin pagar y eso no puedo consentirlo. Además necesito esa habitación para acomodar allí a Gilius, el Hispano. Nuestro nuevo huésped. –

Vaya, el concepto de habitación libre no es exactamente el que tenemos nosotros ahora. Pero compruebo que el tema de los desahucios no ha cambiado en siglos.

Al poco se oye un escándalo considerable en el segundo piso. Unas ropas vuelan por la ventana y aterrizan el en patio. Un hombre baja apresuradamente por la escalera perseguido por Quebrantus que porta en su mano una gruesa cachiporra de madera. Cuando pasa junto a nosotros sin dejar de correr le grita al casero griego:

–Por todos los dioses que tu avaricia y tu falta de escrúpulos te llevarán al inframundo. – Sigue profiriendo maldiciones pero se aleja tan rápidamente del edificio que no atino ya a oírlas con claridad. Sólo el chasquido de sus sandalias contra el duro pavimento se escucha alejarse a toda velocidad.

–¿Alguna duda de última hora, Gilius? – Me dice el griego

–No, ninguna. Ya veo cómo te las gastas con quien se atrasa en el pago. Te juro por Dios que no te defraudaré. –

–¿Me lo juras por Dios? ¿Qué dios? ¿Marte, Apolo o tal vez alguno de los lares protectores de las casas honradas como la mía?. Cuídate de jurar por los dioses los asuntos del pago. Nunca ninguno de ellos fue visto liquidando las deudas de sus beatos mortales. –

Palidezco. No quiero ni por asomo que me reconozca como cristiano. Podría perder mucho más que la habitación. Tengo que improvisar pero mi cabeza ya no da para más.

–Por Philipus Sexto Borbonius. Un dios muy venerado en Hispania. Una especie de Adonis griego que adoramos sin medida ninguna y a la que ofrecemos nuestros sacrificios diarios. – No sé cómo me ha quedado la cosa, pero el mentarle a un dios griego a este tipo creo que ha sido buena idea.

Amígdalas le da por fin una llave y la orden a su esclavo para que me acompañe a mi habitación. Las cosas en Roma se van encauzando debidamente.

Afortunadamente, el bueno de mi amigo Pinarius también se aloja en esta planta. Su puerta no colinda con la mía pero está cerca.

La habitación no está mal para pasar las noches. Aunque tiene todavía restos de cosas de su anterior inquilino tiradas por el suelo y la mesa permanece volcada tras la disputa con Quebrantus. La estancia es tal y como me la ha descrito el casero griego. Sólo le puedo poner la pega de que huele demasiado a pies sucios.

Apresuradamente me lavo la cara aprovechando la pequeña fuente manual que tiene sobre una pila que hace las veces de lavabo y fregadero y me cambio de ropas para ponerme una muda y una túnica limpia que llevo en el talego.

Busco un escondrijo para guardar mi bolsa con las monedas. No me parece prudente transitar por Roma con todo mi capital. Sólo llevaré encima algunos sestercios por si surgiese algún imprevisto.

Necesito ordenar mis ideas. Permanecer tanto tiempo aquí no entraba dentro de mis planes. Pero ahora siento la necesidad de aparcar este problema para reflexionar acerca de él más tarde.

Estoy decidido a asistir a esta noche a la reunión prevista en la especie de catatumba que tiene montada su dueña Marcia Cornuta en los sótanos de su casa.

Todavía estoy consternado por haber podido hablar con San Pedro. Estoy ansioso por volver a verle.

Es una pena que la manchita de aceite con la que me ungió haya desaparecido tras lavarme la cara. Pero yo creo que lo que importa verdaderamente es el hecho de haber tenido la ventura de haber sido bendecido por este Santo de primera división.

Aunque no nos engañemos, lo que verdaderamente me quema ahora la sangre es pensar en la enorme cantidad de tiempo que voy a tener que permanecer en este inhóspito lugar. Y por otro lado, para Mister Patterson y sus secuaces a los que tiene el cuajo de llamarles clientes,  sólo habrá pasado un espacio de tiempo ínfimo desde mi partida hasta mi llegada.

¿Los quince o dieciséis meses que me voy a tragar aquí cuentan como tales a la hora de pagármelos o se computan como un día más de trabajo?

Esa manía mía de firmar los contratos sin leerlos previamente tengo que corregirla.

Pero que se prepare Mister Patterson si pretende engañarme. No va a ganar para estropajos con los que limpiar los azulejos de su bonito cuarto de baño.