ERMO Y EL DRAGÓN


ERMO Y EL DRAGÓN

Ermo y el dragón


El Juglar


Aquel mes de Julio fue uno de los más calurosos que recordaran los más ancianos. La tarde anunciaba, con colores anaranjados en el horizonte, una noche más de calor agobiante para aquel pueblecito aislado en lo más profundo de la serranía.

Ermo regresaba con sus ovejas de los verdes pastos de más arriba de las cortadas lomas de la montaña. Cansado, al final del camino hacia el pueblo, hizo como siempre, una pausa en la fuente de agua fresca y refrescó su frente y su nuca. Sin perder de vista su rebaño se sentó a contemplar a su perro Dimas afanándose incansable en mantener agrupadas las ovejas. Una voz le sobresaltó.

.- Decidme joven pastor. ¿Este pueblo es de gente de bien? –Dijo una voz masculina pero muy suave y dulce.

.- ¡Que susto me habéis dado!. ¿Quién sois?

.- Un juglar que viene a divertir a los aldeanos a cambio de algo de comida y plata si fuese su voluntad.

.- ¿Y tú quién eres, aparte de un pastor tan asustadizo?.

.- Soy Erasmo. Pero todo el mundo me llama Ermo. – Contestó un poco más tranquilo tras recuperarse del sobresalto.- Soy pastor al servicio de Don Baltasar Magro, el hacendado de este pueblo.

El juglar no dejaba de mirar sin disimulo el zurrón del pastorcillo. Ermo se dio cuenta introdujo su mano en él y sacó un pedazo de pan seco y una pequeña porción de queso de cabra. Se lo ofreció al hombre y ambos sonrieron mientras caminaron en dirección al viejo cercado para encerrar al ganado.

.- ¿Qué oficio es ese de juglar?. Nunca he oído hablar de él. – Preguntó Ermo presa de curiosidad.

.-Vive Dios que es el oficio más hermoso del mundo.- Dijo el juglar orgulloso-  Me dedico a cantar las hazañas de nuestros más afamados caballeros a la gente para que conozca la grandeza de nuestros más aguerridos y valientes héroes. Eso les divierte y les ayuda a olvidar por unos instantes la monotonía de sus humildes vidas.

Ermo no comprendió exactamente lo que quería decir. Pero el tono tan extraordinario de la voz de aquel desconocido era para él como una música aterciopelada que le encantaba oir.

.- ¿Y se puede vivir con semejante oficio? –Preguntó Ermo con cierto tono de burla.

.- Por supuesto. Erasmo.

.- Ermo.- le corrigió el pastorcillo.

.- Por supuesto Ermo. La vida del juglar es dura, unas veces tienes plata en la bolsa y otras no tienes ni una hogaza de pan con la que vencer al hambre.

.- ¿Cómo hoy?.- Interrumpió Ermo.

Una risotada del juglar dio la razón al pastor.

.- Ciertamente como hoy. -Asintió el juglar- Pero un Juglar es un artista. Es bien recibido por las aldeas y conoce todo el mundo que se puede conocer. Te asombrarías de saber cuan distinto es cada pueblo, sus gentes, sus penas y sus alegrías, sus paisajes y sus cielos. Un juglar conoce plebeyos y nobles, canta para reyes y siervos y siempre es un juglar porque ofrece lo mismo a unos que a otros. 

.- ¿Y qué vas a hacer en este pueblo?.

.- Esta tarde, cuando las chimeneas anuncian que las leñas dispuestas en los hogares de cada cocina van a calentar las cenas. Cantaré unas romanzas en la plaza del pueblo para estas buenas gentes. Si quedan contentos compartirán sus viandas conmigo. Y  quien sabe si alguna moneda de cobre o plata.

Ermo esperó pacientemente a que todas las ovejas estuviesen en el redil y cerró la vieja cancela de madera. Acarició a su perro Dimas que se mostraba feliz tras un día de trabajo tan duro como todos los anteriores.

.- ¿Vendrás a escuchar mis romanzas? – Preguntó el juglar.

.- Seguro. Allí estaré… -Ermo hizo una pausa pues no conocía el nombre del Juglar.

.- Guillermo de Blanchart. –Se anticipó el juglar mientas hacía una graciosa reverencia con su gorro al muchacho.

Una hora después, la plaza del pueblo estaba inusualmente transitada de campesinos. El Juglar había improvisado en la escalinata de la iglesia un pequeño escenario con una vieja capa roja. Los acordes de su laúd comenzaron a llenar de música aquel olvidado pueblecito. La gente comenzó a acercarse al músico con una sonrisa de satisfacción. Se sentían agradecidos e importantes al contar con un artista en el pueblo.

Ermo estaba asombrado. El hechizo de la música y la melodiosa voz de aquel personaje cantando gestas de caballeros, batallas, heroicidades, banderas al viento...

Un mundo desconocido para un pastor perdido en las montañas sin más vida que la de contemplar sus ovejas para no perder ninguna.

Pero lo que verdaderamente conmocionó al muchacho fue una vieja romanza que hablaba de una princesa encerrada en la torre más alta de un castillo. Un dragón la guardaba de ser liberada por tantos caballeros que lo habían intentado antes sin conseguirlo y muriendo en lucha desigual con el monstruo.

Ermo tomó entonces la determinación que habría de cambiar su vida. ¡El vencería al dragón y rescataría a la princesa!.

Cuando el Juglar hubo terminado, se oyó un murmullo de aprobación por parte de aquellas humildes gentes y algunas monedas de cobre fueron a parar al fondo de su gorro que mostraba a los aldeanos para recoger la limosna. Ermo se acercó al artista.

.- ¿Dónde está ese castillo en donde vive cautiva la princesa?. –Preguntó con una determinación que hizo volverse al juglar hacia él.

.- No lo sé Ermo. Es una leyenda que me contaron tiempo atrás. Pero yo creo que el dragón y la princesa son reales. Porque siempre hay una princesa por rescatar y un gran obstáculo que vencer para ello.

Ermo quedó desorientado. No comprendía nada de lo que le decía el tal Guillermo de  Blanchart pero para él era más que suficiente. ¡Siempre hay una princesa que rescatar!. – había dicho el juglar.

Una moneda mucho más brillante que las anteriores fue a parar al fondo del gorro del músico. ¡Sin duda era de oro!. Alzó la vista para dar las gracias al caballero que la había depositado.

.-Sin duda la generosidad de vuestra merced no tiene igual en la comarca noble caballero.

.- Soy Don Baltasar Magro. Señor de estas tierras y hombre agradecido a quien tan bien ha sabido alegrarnos esta tarde con sus hermosas historias. Venid esta noche a cenar a mi morada y contadme cosas de la corte si es que la conocéis.

.- Allí estaré en breve señor. – Asintió el juglar mientras volvía a mirar a los ojos a Ermo y le guiñaba uno de ellos.

Poco duró la complicidad de ambos ya que Don Baltasar dando un tirón de orejas a Ermo le dijo secamente:

.- Y tú, rufián. Pronto a dormir que al alba quiero a mis ovejas en lo más alto de los prados. Y vive Dios que debes regresar con todas sin perder ninguna como ya aconteció el mes pasado.

Pero Ermo ya no escuchaba a su señor. Sólo veía hermosas princesas de cabellos dorados asomadas en las ventanas de las más altas torres. Veía también dragones vencidos por su espada. Escuchaba ya su nombre pronunciado por todos los juglares del mundo cantando sus proezas. Ermo ya no era pastor. Ermo era un Caballero de gestas increíbles, una leyenda…

Y tan embelesado estaba con aquellos pensamientos que tropezó con un adoquín y cayó al suelo cuan largo era. Unos niños que vieron la escena comenzaron a reírse de él. Pero Ermo, con toda dignidad se levantó, se sacudió el jubón y les hizo la misma reverencia que le había visto hacer al juglar.

Don Baltasar, viendo la escena sonrió también y le dijo al músico:

.- Este malandrín no parece estar del todo en sus cabales. 

A lo que el juglar, mirando fijamente al niño alejarse hacia las cuadras murmuró:

.- Este muchacho ahora tiene un sueño. Hay de aquel que se interponga en su camino.

 


La batalla de la alberca


A la mañana siguiente, Ermo contempló la salida del sol con el rebaño ya en lo alto de la colina. Seguía turbado con la experiencia de la noche anterior y las aventuras con las que el juglar había abierto nuevos mundos a su mente de niño. Se sentó junto a un gran roble y desde allí podía ver todo el rebaño pastando plácidamente en el pequeño valle.

También podía observar el recodo de un arroyo en donde su perro Dimas estaba bebiendo sin perder de vista a las ovejas y una fuente seca de la que en la primavera y otoño manaba agua fresca y que servía de alberca para el ganado y cualquiera que pasase por allí atravesando la sierra.

Pensó que el rebaño era su ejército y que él era el señor de todas las reses. Nunca había visto su trabajo de esta manera. Se sintió por primera vez en su vida alguien importante.

Su perro Dimas ladraba a una oveja que se extraviaba del rebaño y valoró la enorme importancia que para un caudillo representaba el tener siervos tan fieles como el bueno de Dimas.

Su mente había cambiado. Por primera vez en su vida se valoró a sí mismo. Comprendió que el valle, las montañas, el río en donde tantas veces se había refrescado en las tórridas horas del mediodía… no eran más que un mundo minúsculo incapaz de contener sus nuevas ansias de conocer lo que había tras ellos.

Se le ocurrió entonces que debía poner a prueba sus habilidades de liderazgo. Silbó a Dimas y éste se puso alerta ante la inesperada llamada del niño. Ermo lanzó entonces una piedra en mitad del rebaño y se produjo una estampida general.

La idea era dividir el rebaño en dos grupos. Uno lo dirigiría él con su onda y del otro se encargaría el perro. Una vez separados, intentaría hacerlos converger en el abrevadero. ¡Seguro que podía hacerse!. Era cuestión de imponer su autoridad a aquellas lánguidas ovejas que no sabían nada de nada.

Increíblemente, Dimas pareció comprender las intenciones del niño pastor y dirigió su grupo hacia la alberca haciéndoles dar un pequeño rodeo. Mientras Ermo, con su onda lanzaba pequeñas piedras y de su garganta salía gritos autoritarios.

A Ermo le resultó fascinante ver como ambos grupos corrían alocadamente, cada uno por una parte del valle y bruscamente cambiaban de dirección para dirigirse casi al unísono hacia la alberca.

Dimas ladraba y meneaba su cola como queriendo hacer saber a su dueño que estaba disfrutando de aquella loca aventura.

Por fin todo el rebaño se reagrupó junto a la fuente seca. Ermo sonrió satisfecho. Había liderado con éxito la batalla lo que él llamó la batalla de la alberca. Mil doscientas ovejas habían sido gobernadas y dirigidas por un solo hombre: Él. ¡Claro que puede hacerse!.

Y todo hubiese ido como una seda si no fuese porque no había tenido en cuenta que la alberca estaba a más de ochocientos metros de donde él se encontraba. Un lobo apareció de repente de entre el bosque y corrió como alma que lleva el diablo hacia los corderos. Imposible llegar antes que él para salvar a su ganado.

Dimas corrió mientras ladraba desaforadamente contra el lobo. Pero éste no prestó la menor atención al perro. Las ovejas huían despavoridas provocando un caos en todo el prado. Ermo gritaba  mientras con su onda lanzaba piedras que no conseguían dar a la fuga al temible lobo.

Corrió y corrió sin darse cuenta de que al final él también podría ser herido por el monstruo. Sin embargo era más su miedo a perder alguna cabeza del rebaño que a perder su propia vida.

Dimas ladraba cerca ya del lobo pero sin atreverse a acercarse demasiado. La cacería duró unos pocos minutos y el lobo se alejó con un cordero entre sus fauces y se adentró en el bosque tan súbitamente como había aparecido.

Ermo llegó jadeante al campo de batalla. Tres ovejas yacían ya muertas y un par de corderos se habían ahogado en el río al intentar huir desesperadamente. Dos ovejas más estaban gravemente heridas y el rebaño completamente esparcido por el valle.

Se puso de rodillas y lloró desconsoladamente. Su juego de capitán había costado muy caro a sus soldados. Volvió a llorar. Se había comportado como un necio al jugar con las vidas de otros para poner en orden su autoestima. Nunca más tomaría decisiones sin valorarlas y sin tener en cuenta el perjuicio que a otros les podrían causar las mismas.

Dimas corría en pos de las reses para agruparlas de nuevo y tardó un tiempo considerable en conseguirlo. Mientras Ermo, ensimismado y sin capacidad de reacción continuaba de rodillas junto a una de sus ovejas muertas.

No podría explicar a Don Baltasar cómo había podidos ser tan incauto de mantener el rebaño tan alejado de él y tan cercano a los peligros del bosque.

Por la tarde, a la vuelta de los pastos, tomó la determinación de encerrar al rebaño en el corral y abandonar el pueblo para siempre.

Una vez hubo cerrado la cancela y con el ganado a buen recaudo, se despidió de Dimas con una caricia larga y suave. El perro, con su instinto natural pareció entender que aquello era una despedida y emitió un aullido sordo y leve. Sus ojos siguieron al niño mientras caminaba no hacia el pueblo, como siempre, sino hacia el monte nuevamente. Dimas recordaría siempre aquella silueta de un niño abatido, cabizbajo, con un bastón más alto que él mismo caminando hacia lo desconocido y proyectando con la luz del ocaso una sombra en el camino varias veces más grande que él.

Pero de alguna manera, Ermo comprendió que su destino se desplegaba ante él abriéndole un camino nuevo. Se convenció a sí mismo de que tal vez Dios había puesto en su vida a aquel lobo para ayudarle a dar el paso de abandonar su vida monótona e ir a rescatar a la princesa. Tal vez el juglar tenía razón y existían pueblos distintos, gentes distintas, cielos distintos…

Al caer la noche, se refugió en una cueva que ya conocía de otras veces y se acomodó en ella. Un aguacero de verano comenzó a descargar torrentes de agua empapando las montañas y el valle. Mañana Ermo será un caballero al rescate de su princesa… fue el último pensamiento antes de caer profundamente dormido.


El Herrero

Ermo comenzó a bajar la montaña en dirección a una aldea que podía ver mucho más abajo. En el valle. Se sintió un poco extraño al caminar solo por el monte sin tener que cuidar al rebaño y sobre todo echaba de menos a su buen compañero Dimas.

Dos horas después enfilaba un sendero que conducía a la aldea. Lo primero que encontró fue a un herrero martilleando una herradura en su yunque. El hombre miró con curiosidad como se acercaba el niño sin dejar de martillear el metal.

.- ¿Dónde vas muchacho?. ¿Acaso huyes del diablo?.

.- Me llamo Ermo. Voy allá donde mi desdicha me lleve.

El herrero dejó de martillear sorprendido y mirando al pequeño. Introdujo la herradura candente en un cubo con agua fría y se escuchó el siseo del hierro al enfriarse y elevar una nubecilla de vapor.

.-¿Ermo?. Que nombre tan raro. Vive Dios que no lo había escuchado nunca. ¿Y qué es eso de tu desdicha?. ¿Acaso sois un rufián huyendo de alguna pifia?.

.- No he hecho nada malo. – dijo Ermo no muy convencido de decir verdad.- Solo quiero dos cosas si vuestra merced es tan generoso de ofrecerme.

.- Decid pues.

.- Tengo hambre. 

El herrero, con los brazos en jarras sonrió. Luego sacó de su mandil un trapo viejo con el que secó el sudor de su frente. De una alacena de madera alejada de la fragua tomó una hogaza de pan redondo y un buen trozo de tocino. Se sentó en un banco de madera e indicó a Ermo que se sentase junto a él.

.- Esta comida te hará bien- dijo mientas cortaba con una navaja enorme un trozo de pan y otro de tocino. Tengo vino pero no creo que a tu edad te siente bien. Ahí tienes un botijo con agua fresca para que te ayude a tragar el pan.

.- Gracias señor. Nunca he probado el vino. Así que no envidio que usted lo beba- dijo Ermo maravillado al ver subir y bajar la nuez por la garganta del herrero mientras bebía grandes tragos de la bota.

El Herrero se limpió la boca con la manga de la camisa.

.- Me habéis pedido dos cosas. ¿Cuál es la segunda?.

.- Quiero una espada- respondió Ermo sin vacilar.

El herrero se quedó atónito. Tras mirarlo con ojos desorbitados comenzó a reir de un modo que a Ermo le pareció exagerado.

.- ¡Una espada!. ¿Y para que quieres una espada muchacho?. ¿Acaso para matar a este pobre herrero?- dijo entre carcajadas.

.- No señor. Tengo una empresa que realizar y necesito la espada para ello.

El herrero dejó de reir, frunció el ceño y miró muy serio al niño.

.- No estoy seguro de que seas un buen chico. Nunca me ha pedido un mocoso como tú un encargo semejante. A tu edad, con la onda que llevas en la faja creo que tienes juguetes suficientes como para no necesitar una espada para entretenerte jugando.

.- No la necesito para jugar. La necesito para poder rescatar a una princesa.

Si hasta entonces las carcajadas del herrero le habían parecido a Ermo algo desproporcionado, lo que vino a continuación fue una apoteosis de risotadas completamente inhumanas. El herrero reía y reía mientras se golpeaba las piernas y sus ojos se humedecían de lágrimas.

Ermo no volvió a decir nada. Cuando hubo acabado de comer el pan y el tocino se levantó y dio las gracias al hombre con un leve movimiento de cabeza. Recogió su bastón y se dirigió al camino.

El herrero el interrumpió.

.- Chico, te propongo un trato. –dijo.

Ermo dejó de caminar y volvió su cabeza hacia el hombre.

.- Puedes quedarte conmigo como ayudante. Traerás leña para la fragua y te enseñaré a trabajar el hierro y el acero. Cuando aprendas el oficio tú mismo podrás fabricarte tu propia espada. Hasta entonces tendrás techo y comida pero deberás trabajar duro para ganártela. ¿Aceptas?.

Ermo esbozó una amplia sonrisa y regresó junto al herrero.

.- Acepto. Y os estoy agradecido. Pero no volváis a reíros de mí. ¿Me lo prometéis?.

.- Os lo juro muchacho. No he conocido a nadie tan extraño como vuestra merced. Pero vive Dios que si me hacéis una mala jugada yo mismo os señalaré las nalgas con el hierro de marcar el ganado.

.- No os arrepentiréis de tenerme como mancebo. Os aseguro que nada tendréis que reprocharme hasta que me marche.

Y dicho esto, el herrero encargó a Ermo que avivase el fuego de la fragua pues se estaba extinguiendo tras la pausa del almuerzo.


Durante los siguientes cuatro meses, Ermo se esforzó en realizar las labores más pesadas en la herrería. Todas las mañanas partía hacia el bosque en busca de leña de la que traía gran cantidad para mantener el fuego. Aprendió a manejar las herramientas propias del oficio. A templar el acero, a trabajar con la forja y el yunque y también se encargaba de preparar los almuerzos y cenas para él y el herrero.

El hombre se asombraba día a día de los progresos del muchacho. Pese a la corta edad del niño comenzó a tratarle como a un adulto y pronto la relación entre ambos se asemejó a la de un padre y un hijo.

Al cabo de otros dos meses Ermo se sintió preparado para comenzar a fabricar su propia espada. Al final de cada jornada templaba el acero para convertirlo en el más duro metal que espada alguna viera.

El herrero, que al principio no deseaba que el muchacho terminase su espada ya que entonces se iría de su fragua, viendo la determinación del chico al final le ayudó a terminar el arma y le fabricó la más bonita empuñadura que antes hubiese hecho para arma alguna.

Una mañana, mientras Ermo estaba en el bosque cargando la leña, el herrero cogió la pequeña espada del niño, salió al camino con ella para ver el reflejo del sol en su filo y se convenció de que era un hermoso trabajo digno de un buen herrero. Todo estaba terminado y temía el momento en que el niño al final se marchase.

Cuando escuchó a Ermo acercarse por el camino entró rápidamente en la herrería y dejó la espada en su sitio.

El niño descargó de golpe la gavilla de leña junto a la fragua e introdujo algunos troncos en su interior para avivar el fuego. El herrero estaba extrañamente contemplándole desde el otro lado de la sala.

.- Acabaste tu espada. Un arma formidable. Estoy muy orgulloso de ti. Me encantaría que te quedaras conmigo para siempre. Eres el mejor herrero que he conocido jamás.

.- No. Debo marcharme ya. Os agradezco que me hayáis enseñado un oficio tan hermoso, pero no es ese mi camino. Ya os lo dije.

.- ¿Pero todavía estás con la simpleza esa de rescatar princesas?. Pensaba que habíais sentado cabeza durante este tiempo. – protestó el herrero.

.- Me jurasteis que no volveríais a reíros de mí y lo estáis haciendo. –Dijo muy serio Ermo.

.- No, no me rio. Me has demostrado ser un niño cabal y honrado. Es por ello que no comprendo tu idea esa de echarte al mundo como caballero rescatador de princesas prisioneras de dragones que no existen.

Ermo se sentó pensativo. Durante unos segundos pareció dudar. Pero se levantó decidido, cogió la espada y la sopesó.

.- Rescataré a mi princesa. Si hubiese tenido esta espada hace algún tiempo, tal vez hubiese matado al lobo. Pero no hubiese sabido hacerla. Seguiría en el monte con el rebaño y no conocería la dureza del acero ni la fuerza del fuego contra el hierro. 

El herrero se mostró muy asombrado por la reflexión de Ermo. Era solo un mocoso y hablaba con mucho más criterio que la mayoría de adultos que conocía. Tal vez el cura, que venía domingo sí y domingo no desde el pueblo vecino tenía don de palabra similar. Pero el cura era hombre de estudios que venía del seminario mientras que Ermo era un niño aparecido de ninguna parte y con destino también desconocido.

.- ¿Y cuándo partirás hijo?.- preguntó el herrero con tono triste como temiendo la respuesta.

.- Pronto. Pero primero quiero ayudarte a terminar las forjas que estás realizando para las ventanas del Convento de Santa Clara. Esta vez no me iré sin avisar. 

.- Si es tu voluntad así sea. Solo soy herrero y puedo dar forma al hierro pero no tengo suficiente fuerza para dar forma a tu determinación. Dios sabe que te aprecio ya como un hijo y si algún día decides regresar aquí te estará esperando este hombre ya anciano para abrazaros.


La Tia Milagros


Ermo partió una mañana gris de primavera. La nieve sucia del camino se había convertido en barro frío y resbaladizo. Con su espada al cinto se sentía grande. Un hato con pan, chorizo, queso y tocino colgaba de una vara que sostenía sobre su hombro. El herrero le había dado una bolsa con algunas monedas para cuando pudiera necesitarlas. Según el buen hombre, se las había ganado con creces trabajando horas interminables en las forjas del convento. El trabajo estaba terminado.

Tras varias leguas, encontró en el camino a varias mujeres que estaban realizando la siembra de patatas en un campo enorme.

.- ¿Dónde vais noble caballero? - Se burló una de ellas al ver la espada.

.- Al pueblo – contestó Ermo sin dar importancia a la burla.

.- Pues queda un buen trecho. – Dijo otra mujer mientras le miraba con curiosidad.- Deberíais tener vuestra propia montura. Un caballero no debe ir a pie - dijo mientras todas rieron la gracia.

.- ¿De dónde vienes?

.- De muy lejos. Pero solo estoy de paso.

Una de las mujeres se acercó al camino. Miró brevemente a Ermo y le dijo:

.- El pueblo está a dos leguas. Cuando llegues pregunta por Don Felipe. Es el cura del pueblo y sabrá darte razón para indicarte el lugar donde quiera que vayas. También te dará albergue y comida.

.- Muy agradecido señora. Lo haré. - Dijo mientras volvió a emprender la marcha.

.- ¿Cómo te llamas hijo?.

.- Ermo. – dijo mientras se alejaba sin mirar atrás.

Cuando entró en el pueblo se encontró con un hombre de aspecto desgarbado, barba muy descuidada y un bastón con el que se ayudaba para salvar su pronunciada cojera.

.- Busco a Don Felipe. -Dijo Ermo cuando estuvo a la altura del hombre.

El individuo miró de arriba abajo al muchacho y con voz áspera le dijo.

.- Pues no soy yo. Don Felipe vendrá el domingo a decir misa y no volverá hasta quince días después.

.- ¿Sabéis de algún lugar en donde pueda pasar la noche, buen hombre?

.- Habla con la Tía Milagros. Vive en esa casa de piedra y seguro que te da cobijo para esta noche. Pero ten cuidado. Dicen las malas lenguas que es una bruja. – dijo el hombre bajando la voz.

Con cierto desasosiego, Ermo dirigió su mirada hacia la casa. Casi de inmediato la pesada puerta de madera se abrió y apareció una mujer muy entrada en años pero con aspecto de ser una anciana bondadosa.

.-Teodoro. ¿Quién es ese chico con el que estás hablando?. – Preguntó al cojo.

.- No lo sé. Dice que anda buscando al Don Felipe. Pero tened cuidado, lleva una espada.

La mujer hizo gestos para que Ermo se acercase a su puerta. El niño vaciló durante un instante pero fue en dirección a la anciana.

.- Pasa hijo. En este pueblo no hay muchos niños y es un regalo para una vieja como yo tener como huésped a uno tan apuesto como tú.

Con cierto recelo Ermo entró en la casa mientras la mujer cerraba la puerta con un portazo no intencionado sino fruto de la corriente de aire. Ermo se asustó y empuñó su espada sin sacarla de la funda.

.- Supongo que este gañán de Teodoro te habrá dicho que soy una especie de bruja o algo por el estilo. No temas. Teodoro siempre anda con su conciencia en los vapores del vino. Nada malo esperes de mí. Pero cuéntame cómo te llamas y de dónde vienes.

.- Me llamo Erasmo. Pero todos me llaman Ermo.

.- Muy bien Ermo. Supongo que tienes hambre. Dentro de un rato estará el guiso que estoy preparando. Mientras puedes asearte y descansar un poco.

La dulzura que emanaba de aquella mujer tranquilizó a Ermo. Pero por otro lado pensó que podría tratarse de alguna artimaña de bruja para confiarlo. Se lavó y se sentó en un cómodo sillón de madera pero sin dejar muy lejos su espada y siempre a su vista.

Una vez terminada la cena, la mujer avivó el fuego de la chimenea e invitó a Ermo a sentarse en una silla junto a ella.

.- ¿De dónde has salido Ermo?. Ha sido una visita tan inesperada para este pueblo que todavía no me he hecho a la idea. -dijo la mujer.

.- No importa de dónde vengo. De muy lejos. Pero no huyo de nada. Sólo voy buscando. – respondió el niño.

.- Vaya. Que respuesta tan extraña viniendo de un niño. ¿Y que buscas?.

.- No os lo puedo decir. Tal vez no lo entendáis y os riais de mí. –dijo Ermo en tono esquivo.

.- Hijo mío, a mi edad te puedo asegurar que lo entiendo ya casi todo. Dime sin miedo que es lo que te lleva a caminar sin rumbo.

.- Voy buscando a una princesa para liberarla de su cautiverio. – Dijo tras una prolongada pausa.

La mujer no pareció asombrada y lejos de reírse de la ocurrencia miró fijamente al muchacho. Reinó un silencio espeso que hizo sentirse muy incómodo al chico. Por fin la anciana habló:

.- Y supongo que hay un gran dragón que impide que la rescates no?.

¡Es una bruja!. Pensó de inmediato Ermo. ¿Cómo podría saber ese detalle si él no había comentado nada del monstruo?. Se levantó bruscamente y asió el puño de la espada.

La anciana permaneció impasible observando el crepitar de las llamas en el hogar de la chimenea.

.- Tranquilizaos muchacho. Ya os dije que soy muy vieja y lo entiendo casi todo. No temas. Pues no tengo más poderes que los que mi experiencia y edad me han dado. Sentaos y disfrutar del calor de la lumbre.

.- ¿Cómo habéis sabido lo del Dragón? – Dijo Ermo aún de pie y con la espada a punto de desenvainar.

.- Eres muy joven todavía para entenderlo. Pero recuerda siempre las palabras de esta vieja: Todos tenemos en esta vida una princesa y un dragón. Algunos son capaces de ver a la princesa pero no ven al dragón. Otros son capaces de ver el dragón pero no la princesa y otros no ven nada de nada. Tú eres afortunado pues creo que vas a ver a los dos y esa es la única forma de salir triunfante.

.- No os entiendo. –Ermo se sentó abatido por las palabras de la anciana.

.- Ya te he dicho que eres muy joven. Algún día, cuando venzas al dragón lo entenderás todo. –dijo con un tono maternal que estremeció al muchacho.

El calor de la chimenea, el cansancio del viaje y la paz que emanaba de esa venerable anciana pronto tuvieron el efecto de dejar al niño completamente dormido.

Cuando despertó se levantó de una cama completamente alarmado.

¿Qué había pasado?. ¿Dónde estaba?. ¿Qué le había hecho la anciana bruja aquella noche?. Buscó la espada. No estaba junto a él. Se sintió derrotado y abatido. Un miedo desconocido. Superior al de enfrentarse al lobo se apoderó de él.

Un gallo cantó junto a la ventana y le sobresaltó todavía más. Debía pensar algo para escapar de allí.

La puerta de la habitación se abrió de repente y apareció la vieja con una bandeja en la que portaba un gran cuenco de leche humeante y rebanadas de pan tostado con manteca.

Al ver la cara del niño, la anciana sonrió con tristeza.

.- ¿Todavía sigues pensando que soy una bruja?.

Ermo se sonrojó avergonzado.

.- No. Pero me he asustado durante un momento.

La tia Milagros dejó en una mesilla junto al niño la bandeja y se sentó en la cama a su lado.

.- Hijo. Nunca debes juzgar a nadie por lo que te digan ni por su apariencia ni siquiera por tu primera impresión. Eso te creará unos prejuicios que te harán débil. Me estas juzgando en el momento de tu llegada cuando lo que deberías hacer es juzgarme en el momento de tu marcha pues entonces si me conoceréis y no ahora.

.- Siento haberos ofendido. Os pido disculpas y os aseguro que marcharé cuanto antes para no incomodaros. – dijo Ermo casi con lágrimas en los ojos tras aquella gran lección.

.- No quiero que os marchéis por esa causa. Descansad en mi casa cuantos días consideres necesarios. Yo velaré por ti y te daré cobijo. Si lo que deseas es hablar con Don Felipe tendrás que permanecer un tiempo en el pueblo hasta que llegue.

.- No conozco a Don Felipe. Pregunté por él porque así me lo indicaron unas mujeres que andaban sembrando cerca del camino.

.- ¿Entonces que es lo que has venido a buscar en este pueblo?.

.- Ya se lo dije. Ando de paso buscando…

.- Ah, ya recuerdo. Buscas a tu princesa.- Interrumpió la mujer.

Ermo guardó silencio durante un buen rato. Luego se levantó y dijo:

.- Creo que ya he descansado lo suficiente. Nunca he dormido en una cama como esta. Partiré ahora mismo para continuar mi camino.

.- Desconozco donde está el castillo que buscas. Pero el próximo pueblo está cruzando la montaña. Es un camino peligroso y pesado. No deberías hacerlo solo. Te propongo que lo hagas en un viejo burro que tengo en el establo.

.- No tengo dinero para pagaros la montura. 

La anciana puso una cara muy seria y se dirigió al niño. A medida que se acercaba a él su rostro iba cambiando hacia una tierna sonrisa de condescendencia.

.- ¿Crees acaso que quiero mercadear contigo?. No soy rica pero no necesito dinero. Hay algo mucho más valioso con lo que podéis pagar el asno y que es más poderoso que el oro y que éste no puede comprar.

.- Decidme pues.

.- Vuestra compañía durante unos días. Y si esa compañía al final se convierte en cariño verdadero hacia mí, me consideraré muy bien pagada a cambio del asno. ¿Aceptas?.

.- Si. Acepto– dijo Ermo enternecido.

.- Por cierto- dijo la mujer- la espada está junto a la chimenea donde se os cayó de las manos anoche.- Y se marchó hacia la cocina.

Ermo se dejó caer sobre la cama. Miró al techo y sintió por primera vez en su vida un sentimiento profundo de alivio, vergüenza, amor….  Lloró.

El domingo siguiente llegó Don Felipe a dar misa. La tía Milagros había preparado ropa nueva para Ermo. Este se sentía un poco incómodo con aquella camisa mucho más ajustada que el viejo jubón de lana que acostumbraba a llevar. Un pantalón negro de pana le daba un aspecto diferente. Parecía algo más mayor para su edad y al mismo tiempo algo más niño.

Al final de la misa la anciana le presentó a Ermo a Don Felipe. Le habló de lo buen muchacho que era y le contó cuanto el niño le había narrado a ella. Don Felipe, a pesar de ser un sacerdote bastante joven no mostró ningún interés especial en el muchacho. Se interesó, sin embargo,  por su escasa formación religiosa y le recriminó duramente sus locas ideas paganas acerca de princesas, castillos y dragones.

.- Le aconsejo doña Milagros que forme al niño en las verdaderas ideas cristianas. Pronto tendrá la edad de comulgar, si no la ha sobrepasado ya y me preocupa bastante su desconocimiento religioso. – Dijo Don Felipe a la mujer tras la charla.

.- Padre, el niño se marchará pronto tras de su destino. Nada puede hacer esta vieja para retenerle.

.- Yo podría llevarle al seminario o a un convento. Tal vez al Orfelinato en donde tendrá los cuidados de buenos maestros que le llevarán por el camino recto y le harán olvidar sus fantasías infantiles.

.- Padre, me temo que eso no va a ser bueno para el chico. Es un ave libre que quiere volar sola. Lo que usted sugiere es cortarle las alas. Como los gorriones morirá de tristeza en la jaula.

.- No puedo estar más en desacuerdo con vuestra merced señora. La hago responsable de lo que le pueda pasar al crio bajo su influencia. –El cura se levantó del banco en donde ambos estaban sentados con un talante brusco. – Si es necesario hablaré con el Obispo para que tome cartas en el asunto.

.- Hágalo padre. Pero me temo que cuando el Señor Obispo reciba sus noticias el gorrión haya volado ya del nido.

.- Que Dios la perdone y se apiade de usted Doña Milagros. –dijo el cura muy enfurecido.

Cuando llegaron a casa, tras una comida ligera, la anciana indicó al niño que se sentase a su lado.

.- Ermo. Se han producido acontecimientos que no pueden traerte ventura. Siento muchísimo que debas marcharte en unos días. Lo antes posible. Llévate el asno. Es tuyo. –Dijo con un tono de tristeza que sobresaltó a Ermo.

.- ¿Acaso os he ofendido?. Os pido disculpas por ello. Sabed que ya no os temo. Sabed que os aprecio. Sabed que os amo ahora como a la madre que nunca conocí. – Ermo sollozaba.

La mujer rompió en llanto profundo, silencioso, desesperante, sincero.

.- Ermo. Vuestra princesa está en peligro. El Dragón os acecha.

.- ¿Cómo lo sabéis.?. ¿Dónde está el Dragón?-- Ermo asió la espada.

.- Mucho más cerca de lo que te imaginas. Pero no puedes verlo.


A la mañana siguiente, un lunes lluvioso y triste, Ermo subido a su asno y con sus viejas ropas de pastor. Las nuevas que le regaló Dona Milagros las llevaba en una talega. Partió en dirección a la montaña. Sentía un tremendo vacío al dejar a doña Milagros. Ella tenía razón. Este era el momento de juzgarla y a fé que el juicio era plenamente satisfactorio.

Sentía de alguna manera que dejaba parte de sí mimo en el corazón de la anciana. Volvería en cuanto cumpliese su misión para darle el abrazo que nunca dio a nadie.

Tras subir la cuesta el pueblo desapareció de su vista. Las montañas comenzaban a hacerse paso en el horizonte. Próximo destino… Seguro que el pueblo en donde está el castillo de la princesa.

El asno, a pesar de su edad parecía más que capaz de andar por los montes con cierta agilidad. No parecía un burro cabezota y obedecía siempre las órdenes de Ermo.

Rayos de sol comenzaron a filtrarse entre claros de nubes. La lluvia no cesaba pero era cada vez más fina.

En el valle se podía ver un precioso y enorme arco iris.


 


Don Roberto el alcalde.


Tras dos días de marcha por la montaña, Ermo llegó al pueblo más grande que había visto nunca. Las casas comenzaban en la ladera de la montaña y bajaban hasta el rio que surcaba un amplio valle verde. Almendros en flor daban un aspecto de cuento al paisaje.

Bajó por un empinado camino hasta un pequeño llano en donde ya se podía distinguir perfectamente a la gente caminando por las calles, agricultores cultivando parcelas pequeñas de tierra e incluso lo que parecía un mercado en la plaza del pueblo.

Una voz ronca le sacó súbitamente de su embeleso.

.- ¿Quién sois y dónde vais?- Era un alguacil montado en un corcel negro.

.- Soy Ermo. Vengo del otro lado de la montaña y voy al pueblo en busca de descanso y comida. - Dijo el niño un poco acongojado ante la figura regia y oscura del alguacil sobre su caballo.

.- No te conozco rufián. Seguro que no traes buenas intenciones a juzgar por el arma que portas. – Dijo el alguacil señalando la espada del niño-. ¿Quién te envía y para qué?.

.- Nadie me encarga travesía alguna. Viajo solo. –Protestó Ermo.

El policía desenvainó su arma y acercó su montura al asno del niño.

.- Entregadme vuestra espada y daros preso. Os llevaré ante la autoridad para que decida qué hacer contigo.

Ermo obedeció impotente. Entregó su espada al hombre y protestó.

.- Nada malo he hecho que podáis recriminarme. Dejadme libre pues no hay nada de lo que deba dar cuenta.

.- Eso ya lo veremos. De momento bajad conmigo hasta el pueblo y el Alcalde decidirá que hacer.

Al cabo de un rato de marcha, Ermo y el alguacil atravesaban la plaza del mercado en dirección al ayuntamiento. Perfumes de especias desconocidas para Ermo daban un aroma especial a aquella plaza. Todo tipo de telas, verduras, cacharros de barro, de cobre…

La gente miraba a Ermo sin mostrar mayor interés que el de ver a un pillo detenido por la autoridad. Pero la edad del reo les hacía ver que no podía ser excesivamente peligroso. Así que sin pena ni gloria Ermo entró en el ayuntamiento custodiado por el alguacil.

El Alcalde, Don Roberto, era un hombre menudo, con el pelo plateado por canas excesivamente largas que le daban un aspecto extraño. Sin embargo vestía elegantemente.

.- Excelencia, le traigo a un vagabundo que he sorprendido en plena sierra. Asegura llamarse Ermo, nombre que nunca hemos oído. 

El alcalde levantó ligeramente la vista tras su escritorio y miró levemente al muchacho.

.- ¿Y de que delito se le acusa? – Preguntó desganado.

El alguacil puso encima de la mesa la espada del niño.

.- Portaba este arma. Ningún niño en este pueblo ha llevado jamás semejante espada. 

El alcalde miró con mayor curiosidad a Ermo.

.- ¿De donde la has robado?. Dímelo porque tarde o temprano lo averiguaré. – Dijo mientras comprobaba la notable calidad del arma.

.- La hice yo con mis propias manos. Me enseñó un herrero a trabajar el hierro y el acero. – Contestó Ermo orgulloso.

.- Jajaja, ¿Conque la has hecho tú?. ¿Sabéis qué?. No te creo.

.- Es cierto y puedo probar que sé trabajar la forja. – Protestó Ermo.

El Alcalde apartó la vista del niño hacia los papeles que tenía sobre la mesa y ordenó al aguacil:

.- Encerradle. Es hora de comer y averiguaremos más tarde los embustes de este pícaro. –Y con un gesto con la mano indicó al alguacil que abandonasen la habitación.

El calabozo donde fue introducido el niño no tenía aspecto siniestro. Se trataba de un sótano amplio y limpio. Paredes de piedra y varias celdas enrejadas pero vacías. Amplios ventanales superiores permitían entrar la luz desde el exterior y pese a trazas de humedad, era mucho más confortable que los establos en los que tan acostumbrado estaba a dormir en su época de pastor.

A pesar de que hacía calor allí dentro, Ermo sintió un repentino frío. Sin brusquedad fue introducido en su celda y la llave al girar produjo un ruido en el cerrojo que produjo un desasosiego interior en el alma de Ermo.

Pasaron dos largos días sin más novedades que las del carcelero cada vez que le repartía un cuenco con comida y agua. Durante todo aquel tiempo el niño se sintió tranquilo pero accesos de fiebre alarmaron al guardián que avisó a su superior para pedir el permiso pertinente que autorizase la visita del médico.

El doctor, tras visitar al niño acudió a ver al alcalde.

.- Don Roberto, el chico está fuerte y de aspecto sano. Pero debería estar atendido en mi consulta en lugar de en el calabozo. Este ambiente frío no es el más indicado para sanar sus fiebres –Dijo el médico mientras se sentaba en un elegante sillón del despacho del alcalde.

.- Todavía no sabemos si debemos liberarle o no. Estamos a la espera de que alguien presente alguna denuncia para acusarle de algún robo. Sobre todo el de cierta espada que portaba cuando fue detenido. Es un arma muy especial. Tiene un tamaño como para ser usada por un niño pero un temple y un filo que no tiene nada que envidiar a las espadas de mis propios hombres. – Dijo el alcalde al médico mientras le ofrecía una copa de vino.

.- Asegura que la ha fabricado él. Pero eso no es posible. Vamos a interrogarle para averiguar quién es este rufián.- Hizo un gesto al escribano para que ordenase que subiesen al chico al despacho.

Cuando el niño estuvo frente al alcalde, su cuerpo temblaba a consecuencia de las fiebres.

.- Por última vez. ¿Quién eres y que pretendes?. –Dijo el alcalde con voz excesivamente seca.

Ermo observó las cortinas que había tras el alcalde. Eran blancas con dibujitos rojos, blancas con dibujitos rojos, blancas con dibu…

Perdió el sentido y cayó de bruces sin que el intento del médico por sujetarle fuese tan rápido como para impedir el golpe contra el suelo.

Despertó en una cama junto a una mujer joven que le aplicaba paños húmedos en la frente. Sus labios cortados por la fiebre se abrían lo suficiente para beber un minúsculo trago de agua que la chica de aplicaba para que tomase en pequeños sorbos.

.- Pronto te recuperarás. Estás en casa del Doctor que te está cuidando. El Alcalde ha dado permiso para que así sea. – Dijo la chica con una sonrisa tranquilizadora.

Tras tres días, la fiebre por fín desapareció y aunque débil por la enfermedad superada, nuevamente fue llevado a presencia del alcalde.

.- Así que te llamas Ermo. ¿Qué nombre es ese? –Preguntó nuevamente el edil.

.- Erasmo. Pero me llaman Ermo. 

.- Bien. Durante estos días no se ha producido denuncia alguna ni queja sobre ti. Es por ello que te pondría en libertad inmediatamente si no fuese por el detalle de que no has demostrado la propiedad sobre ella. – Dijo indicando a la espada que estaba sobre su escritorio.

.- Ya os dije que la hice yo mismo con mis propias manos. Si no me creéis llevadme ante el herrero y os haré una igual si ese es vuestro deseo. –Ermo comenzó a sentirse airado ante la desconfianza de Don Roberto.

.- Sin duda os someteré a esa prueba. Pero antes decidme cual es vuestro destino que os ha traído hasta este pueblo. Y sobre todo, ¿Por qué vais armado?.

Ermo dudó durante unos segundos.

.- Es mi sino rescatar a una princesa custodiada por un dragón. Es por ello que preciso de la espada.

El alcalde quedó perplejo.

.- Entonces no estoy ante un malandrín sino ante un muchacho completamente loco. –Dijo asombrado.

.- Sé que no estoy loco. Sé que la princesa me espera y doy fé de que el dragón morirá bajo el filo de mi espada. 

Durante un buen rato reinó un silencio en la estancia. Al final el alcalde inquirió al escribano para que llamase nuevamente al doctor.

Nadie habló hasta que el alguacil abrió la puerta para que entrase el médico.

.- Don Zacarías – dijo el alcalde al doctor- Estamos ante un caso verdaderamente singular. Está en mi conocimiento que este chico está retrasado y su locura puede ser dañina para mis gentes. 

.- ¿Os referís a esa historia de princesas y dragones?. – dijo el doctor- durante sus fiebres no dejaba de referirse a ellas. No lo considero peligroso. Son cosas de niño. Y él lo es. Le sugiero que deje el caso en mis manos si no hubiese otros cargos de los que acusarle.

.- Podeis disponer de él. Pero hasta que no lo consideréis curado no permitiré que se relacione de modo alguno con el pueblo. Llevaosló y curadle si esa es la voluntad de Dios.

Ermo lanzó una mirada a su espada. El alcalde la tomó con la mano izquierda y la guardó en un armario que había tras el. Luego, dirigiéndose al Ermo le dijo:

.- Cuando el doctor indique que estáis curado os la entregaré. 

El Doctor Zacarías era un hombre de mundo, había ido a parar a este pueblo tras su estancia en el ejército del Rey. A pesar de que llevaba ya muchos años en el lugar, su sueño siempre había sido partir hacia otras tierras, volver a cabalgar o a marchar con la infantería real. Sin embargo, conoció a la que sería su esposa en aquel pueblo y allí permaneció desde entonces, descartando sus viejos sueños de aventurero trotamundos.

La historia de Ermo no le impresionó en absoluto. También él había caminado en pos de un sueño. De ser oficial médico al servicio de Su Majestad. Pero la vida le había llevado por rutas impensables. Vio en los sueños del niño los suyos propios aunque era consciente de que en la mente del niño había solo intuición y no sabía exactamente cual era el rostro de la princesa ni mucho menos del dragón.

Esa noche, tras la cena, el doctor pidió a Ermo que se sentase junto a él.

.- Hijo, sé que estas envuelto en una situación injusta. A fé mía que te entiendo pero no puedo aprobar ante nadie que te vuelvas a referir a tu historia tal y como lo haces.

.- Pero es cierto. Todo lo estoy haciendo por esta justa causa. No he cometido delito alguno ni tengo nada que reprocharme. Solo deseo la libertad que este pueblo me niega para seguir camino.

.- Lo único que podemos hacer es esperar unos días. Echarle la culpa a las fiebres que has padecido y volver ante el alcalde. Pero no debes nunca más hablar de dragones ante la gente adulta. ¿Me lo prometes?.

.- Acepto. Y os estoy agradecido. Pero no me iré sin mi espada. – Dijo Ermo gravemente.

.- Bueno. Ahora lo único que debes hacer es seguir mis instrucciones para salir airoso de esta. El resto déjalo de mi cuenta.


Cinco días después comparecieron ante el alcalde. Ermo iba engalanado con las ropas que le había preparado Doña Milagros y su aspecto era muy distinto al de un vagabundo capturado en el monte.

.- Don Roberto – dijo el doctor- El muchacho está perfectamente sanado. Todo fue una lamentable consecuencia de la debilidad y las fiebres. Considero que no representa de ningún modo un peligro para el pueblo ni para sí mismo.

.- Si usted así lo dictamina doctor. Dejaré libre al chico de inmediato. Pero le concedo un plazo hasta el alba para que abandone cuanto antes este pueblo al que ha llegado como alma en pena y de la que no sabemos absolutamente nada. Ni para bien ni para mal.

Ermo sonrió satisfecho al sentirse libre. Miró al doctor y en su mirada se podía adivinar un gesto claro de agradecimiento hacia aquel hombre.

.- En cuanto a la espada, no puedo retenerla puesto que asegura que es suya y no existe denuncia alguna acerca de ningún robo. Por otro lado, considero oportuno que si va a viajar por estos montes puede necesitar un arma para defenderse de las diversas alimañas que lo habitan. –El alcalde hizo una pausa. -Sin embargo no puedo permitir que un niño vaya armado hasta la salida del pueblo. Id pues con vuestro asno y el alguacil os la entregará en el camino cuando hayáis salido de la población.

Ermo asintió.

.- Así será excelencia.

Al alba, el médico y su hija, la chica que con tanto mimo atendió en el lecho a Ermo cuando tan enfermo estaba de fiebres, ayudaron a Ermo a aparejar al asno. Le acompañaron hasta la salida del pueblo y asistieron al momento en el que el alguacil hacía entrega de su espada al niño.

Antes de iniciar el camino, Ermo volvió su mirada hacia la chica y el doctor en un gesto de agradecimiento sincero y leal. Ambos le saludaron con la mano levantada. Ermo azuzó al asno para que comenzase a andar. En aquel momento Don Zacarías le gritó:

.- Ermo: Aunque no lo creas, has vuelto a golpear al Dragón. Y esta vez le has dado fuerte.

El niño no comprendió las palabras del hombre un poco por la distancia y un poco porque no les encontró sentido alguno. La mañana de primavera se abría en todo su esplendor en la serranía y un leve calor procedente de un sol naciente entre las cimas produjo a Ermo una sensación de bienestar y libertad como hacía tiempo no había conocido.

Pero estaba confuso. A los adultos no había quien los entendiese. Unos afirmaban que creer en princesas y dragones era cosa de locos y otros aseguraban que el dragón existía y que le acechaba. Incluso que la batalla había comenzado y que se habían producido ya los primeros combates. La diferencia entre la cordura y la locura se le antojaba a Ermo como un enigma indescifrable en la mente de los hombres.

Seguro que muchos de ellos jamás habían escuchado al juglar como el si había hecho y por eso no creían en la grandeza de la gesta que estaba a punto de realizar.

 


La princesa y el dragón


Pasaron algunos meses de camino entre montes y aldeas. En algunas fue recibido con indiferencia, en otras no se atrevió ni siquiera a entrar recordando el incidente con don Roberto y otras simplemente las ignoró al encontrarlas demasiado lejos de su camino. Pero aquella tarde su corazón dio un vuelco. Tras un recodo del camino contempló la silueta entrecortada de un castillo. Verdaderamente su viaje tocaba a su fin y pronto sería la hora del rescate de su princesa y la muerte del cruel dragón que la guardaba.

Decidió acampar en un llano desde donde contemplar toda la noche la fortaleza y velar sus armas para entrar en singular combate. La impaciencia y los nervios tras tan largo viaje le impidieron dormir en condiciones pero al amanecer se encontró más preparado que nunca y con una fortaleza con la que jamás se había sentido.

Desenvainó su preciada espada y la besó antes de volver a colgársela al cinto. Y montado en su rocín tomó camino hacia el castillo.

Sin embargo, a medida que iba acercándose al castillo y aclaraba el día, un sentimiento de desasosiego se fue apoderando del muchacho. Cuanto más se acercaba más cuenta se daba de que el supuesto Alcázar no era sino una ruina abandonada hacía muchos años. Ni rastro de torreones con princesas ansiosas de ser liberadas. Ni rastro de centinelas ni dragones fieros. Solo piedras desprendidas de las atalayas esparcidas por el suelo. Paredes llenas de enredaderas que trepaban salvajemente por los muros. Una nave entera se había derrumbado y el interior del castillo solo era una gigantesca montaña de escombros procedentes de las paredes y la techumbre.

Se apeó del burro para investigar a la desesperada dónde podría estar la princesa. Pero acabó sentado sobre unas rocas. Abatido, desorientado. Sin ánimo.

¡Todo había sido una farsa!. Ni princesas, ni dragones, ni gloria. Sólo un cansancio infinito repentino tras tan descomunal desengaño.

Se dio cuenta de que portaba todavía la espada en la mano y la envainó apesadumbrado. No lloró de rabia ni de desesperación pero una opresión se apoderó de él.

Al cabo de un rato de frustración volvió junto a su asno. Esta vez no lo montó. Simplemente lo agarró de las riendas y ambos caminaron juntos durante un buen trecho. El animal pareció intuir el estado de ánimo del niño y le acompañaba cabizbajo sin siquiera detenerse para paladear la jugosa hierba de la vereda del camino.

Varias veces volvió su mirada hacia el castillo como para asegurarse de que era cierto que estaba allí y otras tantas la retiró con la amargura del desengaño.

Pudiera ser que no se tratase del castillo que andaba buscando. Que éste y la princesa  se encontrasen tras la siguiente loma, tras la siguiente aldea, tras la siguiente montaña. ¿Pero cuánto tiempo tardaría en encontrarlo?. ¿Permanecería allí todavía la princesa de cabellos dorados esperando asomada al alfeizar de su ventana al caballero Ermo para ser liberada de las fauces del temible dragón?. Imposible saberlo. Pero Ermo tomó la determinación de seguir buscándola. “¡Siempre hay una princesa que rescatar!”. Se lo había dicho el Juglar y sin duda eso debía ser definitivamente cierto.

El Rey


Un gran ruido de cascos de caballo se apoderó del camino por donde con paso cansino transitaba Ermo y su rocín. Sin duda debía tratarse de una gran cantidad de jinetes los que cabalgaban en su dirección.

Efectivamente, tras un recodo del camino dos jinetes soberbiamente engalanados y con lanzas rematadas por dos banderolas de colores cortaron el paso al niño.

Tras ellos una verdadera comitiva de soldados armados con lanzas, escudos y espadas enormes. Los corceles engalanados con ricos arreos y una carroza en medio de la comitiva brillaba con tonos dorados como el mismo sol.

.- Dejad paso al Rey.- Dijo el primer caballero empujando levemente con su lanza a Ermo para alejarlo del camino.

El chico estaba atónito. ¡El Rey!.

Un soldado se apeó del caballo y se acercó al muchacho.

.- Entregadme vuestra arma o seréis muerto. – Dijo con autoridad marcial.- Ante el Rey nadie puede permanecer armado salvo su escolta real.

Ermo entregó su espada sin dejar de mirar fascinado la carroza que poco a poco se acercaba a él. Cuando llegó a su altura una voz del interior de la misma ordenó al cochero que detuviese el carruaje. Por la ventana se asomó curioso el mismísimo rey que observó a Ermo.

El soldado obligó al chico a arrodillarse ante su Majestad.

.- ¿Dónde vas por estos caminos chico?. ¿No temes andar solo por el monte con la sola compañía de tu viejo asno?.- Le dijo el Rey picado por la curiosidad.

.- Majestad  -dijo el soldado- tal vez sea un enemigo puesto que le he sorprendido armado con esta pequeña espada.

El rey sintió ahora verdadera curiosidad por lo insólito de la situación. ¡Un niño enfrentándose a toda su guardia!. ¡No era posible!. Tras unas horas de viaje en la carroza, el rey sintió deseos de bajar a estirar las piernas y de paso a interesarse por aquel niño de comportamiento tan osado.

.- Majestad. Me llamo Ermo. En realidad mi nombre es Erasmo pero me llaman Ermo. – balbuceó el muchacho ante la egregia figura de un rey que bajando de la carroza se dirigía hacia él.

.- Ermo. Curioso nombre. No conozco en todo mi reino a ningún oficial, soldado o siervo que se llame así. – dijo el rey.

.- Pues ahora ya conocéis a uno, señor.

La ocurrencia hizo reir al rey y a los soldados de la comitiva.

.- Ciertamente tenéis razón. - ¿Y que hacéis por aquí?. Esperándome para atacarme a mí y a mi ejército real?- rió el rey.

.- No majestad. Vuelvo de cumplir un sueño que nunca existió. 

.- Enigmáticas palabras. A fe mía que me sorprendes con tus ocurrencias. – El rey se sentó junto a un gran sauce para aprovechar su sombra.

.- Ven y cuéntame tu historia. El camino es largo y siempre es bueno hacer una pausa de vez en cuando para descansar y escuchar historias tan interesantes como la que sin duda tienes que narrarme. – Y le hizo un gesto para que se acercase junto a él mientras la tropa les rodeaba por seguridad y curiosidad a la vez.

Durante horas Ermo narró sus aventuras al rey que unas veces reía y otras fruncía el ceño en claro signo de desaprobación o tristeza.

A la mañana siguiente el Rey llegó a su castillo. Una fortaleza ciertamente impresionante, con torreones auténticos, banderas al viento, una guardia engalanada para recibirle y el boato propio de la llegada de un soberano a sus dominios. Corceles de la guardia atronaban con sus cascos sobre los adoquines de piedra entrando por el enorme portalón del castillo al patio interior. La carroza dorada con el rey majestuosa en cruzando el puente y un niño montado en un caballo negro azabache junto a un asno viejo y cansado cruzaban también el puente formando parte de la comitiva real.

Ermo había encontrado el castillo por fin. Pero continuaba sin haber rastro de princesas ni de dragones. Su espada continuaba ociosa colgada en su cintura.

 


El Capitán de la guardia del Rey


Pese a que habían pasado muchos años, el capitán de la guardia real seguía contemplando cada noche las almenas del castillo. Nunca apareció princesa alguna asomada a las ventanas de la torre ni jamás se vio dragón alguno al acecho de caballeros intrépidos al amparo de la luna para sorprender a la bestia.

Pero el Capitán Ermo no necesitaba ver a la princesa ni al dragón porque sabía perfectamente quien era cada uno y donde se encontraban.

Cada día bendecía el momento en el que un humilde juglar se cruzó en el camino y le enseñó que el mundo es mucho más grande de lo que abarca un valle lleno de ovejas. Que todos tenemos una princesa que rescatar y que siempre hay un dragón al acecho.

Recordaba el ataque de aquel lobo a sus ovejas que le enseñó a ser prudente y humilde y le obligó a dar un giro a su vida empujándole a abandonar su triste futuro como pastor en las tierras de don Baltasar Magro.

Como olvidar a su fiel compañero Dimas, un perro leal y valiente. Al herrero que le enseñó a templar en hierro y el acero y a construirse las armas necesarias para enfrentarse a la vida y al destino por extraño que este fuese.

Dona Milagros, que le enseñó algo parecido al amor de la madre que nunca tuvo y a la que tan bien comprendía ahora cuando le dijo palabras tan extrañas para el niño Ermo y tan claras para el capitán en el que ahora se había convertido.

La injusticia del alcalde y la bondad del médico que le enseñaron que los obstáculos a veces se presentan como situaciones injustas pero que siempre hay alguien que te entiende y está dispuesta a ayudarte a superarlos. Y que la justicia al final resplandece si no eres digno de castigo y tu conciencia está limpia.

Ermo había comprendido que la princesa no era otra cosa que su propia vida y que los dragones eran todos los ardides que el destino va colocando en tu camino para que abandones tus esperanzas y te rindas sin luchar con las armas que poco a poco tienes que ir construyendo en tu vida para ir superando las dificultades. Y así poco a poco, sin necesidad de manchar tu espada de sangre, sin otra armadura que la determinación, la posesión de un sueño que te haga volar sobre montañas y valles en busca de tu princesa, con la fe y ánimo siempre dispuesto a cruzar una cumbre tras otra encontrando por el camino gente que te ayuda de buena fe y en la que debes confiar porque la gente es buena por naturaleza.

Y la vida al final te recompensa en la medida en la que tú hayas tenido el tesón y la grandeza te seguir tu meta hasta el final. Para todos existe un destino maravilloso si somos capaces de diseñarlo y perseguirlo sin importar el qué dirán. La inocencia de un niño en pos de su seño debe servirnos para comprender que por grande que sea el dragón que un día nos cierre todas las salidas, la princesa es mucho más grande y poderosa.

FIN