Leer el primer capítulo


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                                                            Capítulo 1

                                             Preparando el segundo viaje


Ya ha transcurrido una semana desde que retorné de mi primer viaje a Raboblanco. Pero no creáis que me he estado tocando los huevos mientras tanto. Nada de eso, Mister Patterson me comunicó que la siguiente misión debía realizarla nada más y nada menos que en la Roma Imperial, concretamente a la época correspondiente al reinado del tonto chorra de Nerón.

Por lo visto, un tal Arthur McLaughlin,  historiador de la Universidad de Stanford, está interesado en averiguar cosas de este sujeto para una tesis doctoral.

En especial anda interesado en descubrir si fue el responsable del incendio de Roma en el verano del año sesenta y cuatro. Se conoce que existen varias teorías al respecto que involucran al Emperador en el suceso y otras que aseguran que fueron los cristianos los culpables del incendio.

Y así llevo varios días estudiando cosas acerca del siglo primero y de la ciudad de Roma de la época. A pesar de que pongo todo mi empeño en ser aplicado con los estudios, no creo que pasase el más benévolo de los exámenes. De todas formas, poco me importa. Aparte de que no tengo la menor apetencia en conocer a ese tipo tan peligroso y trastornado, estoy seguro de que sabré desenvolverme con soltura en esos tiempos tan primitivos.

Afortunadamente no es necesario que aprenda latín ya que Manolo, alias Mister Anthony y a la sazón otro loco de atar, asegura que el proceso de viaje en el tiempo conlleva el conocimiento implícito del lenguaje del lugar y época de destino. No se… ya veremos si al final eso no funciona y me tengo que cagar en todo.

Por lo pronto sigo en mi habitación a la espera de novedades y viendo películas de romanos en la tele. Eso me entretiene más que leer un montón de libros que alguien dejó sobre mi mesilla auxiliar y a los que no he dedicado ni un segundo en su lectura.

¿No se supone que las películas de romanos están basadas en hecho reales? Pues ya está. ¿Para qué me voy a dejar la vista leyendo esos libracos?

Alguien llama a mi puerta. Apago la tele y me incorporo a medias en la cama donde estoy tumbado viendo una escena la interesante película Quo Vadis. Me llama la atención lo bien que habla esta gente. Ni una mala palabrota aunque les estén crucificando o dándoles de latigazos en las costillas.

Eran otros tiempos, sin duda. Ahora a la mínima nos hubiésemos cagado en su padre como mínimo y por supuesto mentado a su santa madre. ¿O tal vez en latín no existen los tacos? Lo ignoro. Tendré que informarme a fondo al respecto.

Hola JuanVi ¿Estas presentable? ¿Puedo pasar?– es  Brenda, la secretaria de dirección.

Adelante. Está abierto. – contesto como si ella no supiera que las habitaciones no tienen llave ni cerrojo interior. Viene acompañada de Bobby, el botones, que carga con una caja de cartón de dimensiones considerables.

­–Bueno, ha llegado la hora de emprender el viaje. – me dice de sopetón. Mil alarmas suenan en mi cerebro. Era inevitable que llegase por fin el momento de comenzar la aventura. Pero me atenaza un desasosiego extraño y creciente en mi interior. Supongo que es normal cada vez que uno debe desprenderse de su vida y viajar a un pasado incierto.

Bobby deja la pesada caja en el suelo y la abre sin tapujos. Extrae de ella una especie de túnica de un color grisáceo, unas sandalias de cuero marrones algo gastadas y un gorro redondo del mismo color.

Estas serán tus ropas. – dice colocándolas con sumo esmero sobre la cama.

Creo que falta algo ¿no?– le indico mientras hago un ademán con la mano para mostrarle todo el ajuar que ha depositado tan cuidadosamente dobladito.

Bobby hurga dentro de la caja en donde debe haber otros objetos.

Pues no. Este es tu vestuario completo ¿A qué te refieres con que falta algo? contesta con cara de paleto.

Hombre, que digo yo, que con una tuniquita tan endeble lo suyo es llevar calzoncillos. Seguro que al trasluz se transparenta. –

Hago una pausa para reforzar con algún argumento consistente mi objeción.

–Aparte de que una ráfaga de brisa me dejaría como a Marilyn Monroe en medio del Foro. –

A este parece que hay que explicarle las cosas. Me parece un poco atrasadillo. 

–¡Que cosas tienes! ¡Calzoncillos! ¿Pero tú te crees que la ropa interior está al alcance de un simple mercader de verduras? Yo no sé si en esa época se usaban calzones o no. En todas las estatuas suelen aparecer como su madre los trajo al mundo. Excepto los soldados y centuriones que llevan una especie de falda. Nadie puede quitar la falda a una estatua de piedra, así que no es posible averiguar si los centuriones llevaban algo debajo. Además, ¿A mí que me cuentas? – se muestra muy orgulloso de su razonamiento.

¿Cómo que un mercader de verduras? ¿En qué mierda de lío me vais a meter ahora? – estoy comenzando a mosquearme. Con razón mi cerebro detectaba que algo no anda bien. Brenda asiste sonriente a la conversación sin decir palabra.

Mira, a mi déjame de historias. Lo que tengas que aclarar lo hablas con Mister Patterson. Yo solo soy un “mandao” – me dice en tono más bien molesto.

Pruébate las ropas a ver si te vienen bien o hay que hacer algún arreglo en sastrería. – por fin interviene Brendadespués baja al despacho de Mister Patterson para que te de los últimos detalles de la misión. Tengo entendido que partes esta misma noche. –

Me introduzco el en cuarto de baño y me visto con calma. En un espejo observo con estupefacción que parezco un espantapájaros jubilado. Me ajusto el gorro ridículo y salgo algo cohibido por no llevar la protección de la ropa interior.

¡Magnífico!– exclama BrendaVerdaderamente se ajustan a tu talla. Nada que retocar. Pasarás tan desapercibido que nadie podrá imaginarse en toda Roma que eres un gilipollas– Me dice mientras me observa desde todos los ángulos posibles mientras Bobby se esfuerza en disimular una risa sardónica a la que voy a poner fin de un guantazo bien dado en toda la boca. Pero Brenda me detiene agarrándome fuertemente del brazo izquierdo.

Tranquilízate. Guarda tus energías para el viaje. Nunca se sabe lo que pueda durar ni lo que te espere en las callejuelas de Roma. – su voz me suena enigmática y poco tranquilizadora. –Ahora ve a ver a Mister Patterson para que te dé el visto bueno. Te espera con impaciencia. Ya sabes cómo es para estas cosas. –

Ambos se marchan cerrando suavemente la puerta y dejándome solo. Picado por la curiosidad, echo un vistazo al interior de la caja. En ella hay otra túnica parecida a la que ya llevo puesta, una bolsa con monedas romanas, Denarios, varios Sestercios, Ases y algo más de morralla. También hay algunos trocitos de oro y plata que supongo que se pueden usar también como moneda de cambio. No sé cuánto vale todo eso pero adivino que debe ser suficiente como para instalarme en Roma y pasar una breve temporada.

También observo un pequeño puñal con empuñadura de madera y un cinturón de tela basta para ceñirlo a la cintura por debajo de la túnica y de ese modo quedar oculto. Hay además varios objetos tales como una balanza romana, unos platillos y diverso material para atender un puesto callejero de venta ambulante. En realidad no sé si voy a saber qué hacer con todo esto una vez llegue a Roma.

La túnica no debo llevarla correctamente ajustada porque se ha deslizado hasta los tobillos dejándome en medio de la habitación como al mismísimo padre Adán. Afortunadamente Brenda ya se ha marchado.

Voy a consultar en You-Tube cómo narices se pone esta prenda, que no es cuestión de ir andando por ahí formando un espectáculo a la que ande cuatro pasos. Al final encuentro un vídeo de un japonés dando una lección magistral acerca de cómo colocarse la condenada túnica. Aunque no entiendo ni papa de lo que dice el fulano, con las imágenes creo que tengo suficiente información al respecto.

Tras varios intentos de ensayo y error, consigo coger el tranquillo a estos ropajes. Realizo todo tipo de movimientos y escorzos, salto y me agacho repetidas veces, viro en redondo a gran velocidad y compruebo satisfecho que la túnica sigue en su lugar.

Así que, tras asegurarme varias veces de que nadie me va a ver en cueros de improviso por el edificio, bajo presuroso al despacho de Mister Patterson. Llamo respetuosamente a su puerta con suavidad pero con determinación.

–Adelante. – me dice invitándome a entrar.

Se pone en pie para observarme durante un instante y vuelve a sentarse en su poltrona satisfecho

Perfecto. Desde luego que tienes un don para los disfraces. Ya me lo pareció cuando te presentaste el primer día vestido de pordiosero. Estoy muy contento contigo. – hace una pausa mientras enciende un colosal cigarro puro y me indica que me siente en un sillón frente a él. Con parsimonia inhala la primera bocanada y la expulsa formando un aro con las volutas de humo al que sigo ensimismado.

–Al grano. – me dice pausadamente– Como sabes, no puedes viajar al pasado siendo un personaje destacado. Pero en este caso tampoco puedes ser un esclavo porque seguramente necesitarás tener libertad de movimientos para desenvolverte en Roma. Es por ello que hemos decidido hacerte pasar por un humilde comerciante, un papel discreto que te permitirá moverte sin problemas por la ciudad protegido por el anonimato. – hace una pausa breve que aprovecho para meter baza.

–Es un detalle que no me haya hecho pasar por esclavo. Solo faltaría que además me hubiese buscado un amo tiquismiquis que me hiciera  crucificar a las primeras de cambio. No sabe usted cuánto se lo agradezco. Le debo una. – 

desde luego que no sé cómo me contengo a veces para no mandar a toda esta gente a freír espárragos. Pero Mister Patterson aparenta no darse por aludido ante la ironía.

–Lo que nuestro cliente solicita es información lo más completa posible acerca del Emperador Nerón y especialmente de su supuesta implicación en el incendio de la capital romana. Para el caso no vemos la posibilidad de que traigas alguna documentación al respecto. Pero es necesario que recopiles gran cantidad de información que pueda servirle para completar su estudio. Tu testimonio será lo único que puedas aportar, así que debes abundar en todo tipo de detalles. –

–Entiendo. ¿Pero cómo voy a poder averiguarlo? No creo que Nerón me siente a su lado y me cuente su vida ni sus planes. Además, parece que está loco de atar. No voy a arriesgar mi cuello acercándome a sus palacios. –

Me mira fijamente con ojos fríos y duros. Parece que no le ha hecho ninguna gracia mi comentario.

–Eso es cosa tuya. Tal vez lo mejor es que te busques alojamiento en los barrios más humildes que son los que se prendieron fuego con mayor virulencia. No sé, improvisa sobre la marcha. Estoy seguro de que eres muy capaz de hacerlo– Me dice mientras me observa con desaprobación– Y otra cosa: si no traes ropa interior, lo mejor es que no te despatarres mientras te sientas, sobre todo frente a mí. –

 –Eso es cosa del departamento de vestuario. Ya le advertí a Bobby que no estaba conforme con mi atuendo. – protesto mientras junto recatadamente mis rodillas

–Estoy seguro de que los romanos llevaban todos unos calzones adecuados. – 

teclea algo en su ordenador y mueve la ruedecilla del ratón durante unos segundos.

 Ajajá, aquí está “feminalia línea erun”, lo sabía. Esa gente, capaz de conquistar medio mundo, no podía ir colgandera por la vida. – y me mira satisfecho.

–¿Feminalia? Me huele a cuerno quemado. ¿Me voy a tener que poner bragas de plebeya y vagar por ese mundo de brutos gladiadores? Nada de eso… Hasta aquí hemos llegado. –Protesto enérgicamente pero no parece prestarme la más mínima atención. En su lugar marca unos números en el teléfono que tiene sobre su mesa.

–Brenda, haga el favor de encargar tres pares de calzoncillos de lino. Que los traigan a la mayor brevedad…. – queda un instante a la escucha y continúa. – Si, si, para un adulto. Son para JuanVi. Por lo visto en vestuario no habían reparado en esa prenda tan importante para este gilipollas. Gracias. – unos par de segundos más escuchando y sentencia. –supongo que blancos... – y cuelga el aparato.

–Solucionado. No tienes que vestirte de señorita. “Feminalia línea erun” significa ropa interior de lino en latín. – lanza otra formidable voluta de humo circular como signo de satisfacción para rubricar su  gestión.

–Bueno, eso es otra cosa. Supongo que el lino no es áspero como el esparto. Hay cosas que no hay que tomarlas a la ligera. – Asiento satisfecho a medias.

–Es preciso que prepares todo el material. Esta noche partirás hacia Roma y conocerás un mundo desaparecido hace dos mil años. A veces os envidio. –

–¿No ha viajado usted nunca en el tiempo? Me parece increíble  teniendo en cuenta que es el propietario de todo este tinglado. ¿No ha tenido nunca la tentación de hacerlo aunque solo haya sido por curiosidad? –

Mister Patterson se pone en pie y se dirige hacia una ventana tras la que divisa toda la avenidaMe parece atisbar en él una mirada perdida, como si no le agradase la idea de rememorar algo. 

Cierra lentamente la ventana y la habitación queda en absoluto silencio. El murmullo de las gentes y el ruido del tráfico desaparecen. Durante unos segundos que se me antojan eternos, permanece completamente estático y habla por fin como queriéndolo hacer. 

–Realicé el primer viaje personalmente para probar la máquina. Mi conciencia no me permitía arriesgar la vida de nadie en ese experimento tan arriesgado y de resultados impredecibles. – su voz suena enigmática, triste e inusualmente apagada– ¿Y qué mejor destino que conocer en carne y hueso al mismísimo Jesús de Nazaret? –

 Su tono ya no es más que un hilillo de voz emocionado mientras continúa con su triste historia

– Según los cálculos de Manolo, tendría que haber aparecido en el año treinta y tres para asistir a la última cena. Pero los calendarios han sido modificados tanto en el transcurso de los siglos que aparecí justo en el momento de su nacimiento en Belén. –

Ahora observo una traicionera lágrima brotar de su ojo izquierdo mientras susurra

–En una especie de chabola estaban José y María que sostenía entre sus brazos un precioso bebé llorando ¡Era el mismísimo Jesús! Nada de pastores ni estrella de oriente ni ángeles ni Reyes Magos. Sólo un viejo burro en el que habían hecho el viaje desde Nazaret y ni rastro del buey. –

lanza un enorme suspiro hacia la nada.

¿Y qué pasó? Supongo que debió ser muy hermoso el momento. – pregunto muy interesado.

Se me descompuso el cuerpo de la emoción cuando el Mesías me miró y redobló su llanto. Tuve un apretón que sólo pude solventar tras unos arbustos. Algún mal nacido que pasaba por allí inmortalizó el momento cascando la escena en todas las tabernas y lo convirtió en leyenda– 

Se vuelve hacia mí con una actitud distinta. Ahora su voz es enérgica y llena de ira.

 –Así que ya lo sabes. Lo único auténtico en los belenes que montan ahora los niños son el niño Jesús, sus padres, un borrico pulgoso y el Caganer.

Intento contener una risotada usando el viejo truco de pensar en cosas tristes, pero no funciona. Me descojono allí mismo en sus propias narices. Sin embargo, aguanta con estoica paciencia un considerable rato hasta que da un puñetazo sobre la mesa.

–¡Basta! ¿Alguna duda con respecto a tu misión? –pregunta en tono muy serio.

–Pues dudas tengo muchas. Pero la primera es cuál debe ser mi nombre durante mi estancia en Roma. Juan Vicente no parece muy romano.

–Tienes razón. No había reparado en ello. Supongo que habrá que buscarte alguno más adecuado. De todas formas Anthony seguro que ha pensado en todo esto y en darte una identidad falsa con la que puedas desenvolverte sin despertar sospechas. Te pondrá al corriente esta misma tarde de todo lo que necesites saber. –

 –Conforme. – asiento con la cabeza y me pongo en pie para abandonar el despacho y almorzar algo consistente. No sé qué tal se me dará la dieta romana del siglo primero. Pero una cosa si es segura: no creo que hayan inventado todavía las pizzas