CAPITULO 8


CAPITULO 8

                                                                              DIÓGENES

El tiempo transcurría lánguidamente, como si corriese mucho más despacio. Mi acompañante (al que en adelante llamaré Angel Martínez para abreviar), se desvivía por hacerme la vida más agradable. Me propuso hacer una excursión por la nave para que conociese a otros seres curiosos.

-Sólo quiero que se entretenga y pase el tiempo sin aburrirse- me dijo- pero si no le apetece pasear, siempre puedo hacerte una función artística. No se lo he dicho pero he actuado en los mejores teatros de variedades con mi espectáculo.

-¿Sabes cantar?- le pregunté con interés.

-No. No. Nada de eso. Yo soy lo que en su planeta llaman un showman. Mi espectáculo se llamaba “Las marionetas del pene”. Si quiere le hago un pase privado.

-¡Ni hablar, cacho gorrino.! – Le grité.- ¡Mira, lo que me faltaba, ver gorilas en pelotas haciendo un numerito!

Un poco desairado me condujo hasta una estancia en donde conocí a otro extraño personaje.

Era muy anciano y andaba encorvado apoyándose en un bastón láser.

-Hola terrícola. ¿Cómo van las cosas por allí? Hace ya mucho tiempo que no visito tu planeta.

Mi escolta me susurró al oído:

-Este individuo está como un cencerro. Su camarote está llenito hasta el techo de trastos viejos de los que nunca se separa y a los que no consiente que nadie se acerque.

-¿Tiene el síndrome de Diógenes?- le pregunté.

-No, qué va. Es el mismísimo Diógenes.

Y entonces el tipo hizo algo asombroso: me invitó a visitar su pocilga. Allí había más mierda que en la grabadora de Villarejo. Cajas, arcones, baúles, bolsas del Mercadona repletas de trastos, infinidad de cosas tiradas por el suelo o en tappers.

-Son los tesoros que he coleccionado a lo largo de infinidad de viajes por todo el cosmos- me explicó- Y todos esos del rincón proceden precisamente de la Tierra, tu planeta.

Me acerqué a echar un vistazo y … ¡La madre que lo parió!, allí estaba el Arca de la Alianza, la Lanza de Longinos, un Seat 600, un cacho tablón con termitas que aseguraba que era parte de la cruz de Cristo, un ejemplar firmado por Adolf del Mein Kampf , un collar auténtico de doña Carmen Polo de Franco…. Mil cosas…

Me llamó la atención una pequeña caja de madera cuya tapa estaba abierta y que sólo contenía telarañas.

-¿Y eso?- le pregunté

El hombre me contestón con semblante triste:

-Aquí tenía las treinta monedas de plata que Poncio Pilatos le entregó a Judas. Pero un día vi por la tele un anuncio de Bankia y las invertí en preferentes. Y este es el resultado.

Pero luego su rostro se iluminó.

-También tengo una infinidad de cosas excepcionalmente raras.-y me enseñó una colección de engendros inservibles: Una muñeca hinchable con la boca cerrada, una bolsa de cromos del Real Madrid, una mierda pinchada en un palo, un casco de Kamikaze, una película portuguesa doblada al húngaro…

Sentí agobio de permanecer en aquella especie de rastro y salí nuevamente al pasillo. Agradecí al tipo su hospitalidad y continué paseando por la nave hasta que llegué a los retretes. En ellos había multitud de puertas con siluetas de distintas especies de alienígenas. Cada uno tenía su propio water adaptado a la morfología de su cuerpo. Me llamó la atención que una de las tazas estaba colgada del techo. No quise ni imaginar a quien coño de individuo raro podía pertenecer.

Entramos en el comedor de la tropa. Un lugar con un fuerte olor a fritanga. Algunos individuos merendaban sentados en mesas metálicas ancladas al suelo. Angel se apresuró a ir a la barra y pedir un bocadillo enorme de butifarra, chistorra, longanizas, morcilla, jamón, chorizo pamplonés y chóped.

-Un tentempié – me dijo- mientras lo llevaba en una bandeja y se sentaba en una de las mesas dispuesto a dar buena cuenta de la comida.

Un grupo de soldados celebraba que uno de ellos había aprobado el carné de piloto de coches de choque. El fulano, al parecer, era un antiguo parapentista que se había pegado muchas leches y se había vuelto majara. - ¡Viva Juan Miguel!- gritaban mientras brindaban- Supongo que ese era el nombre del afortunado.

Y de pronto una musiquilla electrónica que me pareció que era la canción de “La Cucaracha” sonó en todo el comedor.

Un marciano exclamó:

-Ese hijo de puta ya se ha vuelto a sacar el premio de la tragaperras. Tiene más suerte que el bidet de La Pataki.


© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.