CAPITULO 4


CAPITULO 4

                                                                               DEIMOS

Con la confusión producida por el incidente del ordenador, nadie se ocupó de mí durante un tiempo. Me liberé de mis correas e inspeccioné la habitación. No encontré ningún artilugio ni nada por el estilo que me pudiese servir para defenderme o sabotear algún sistema.

Podía ver perfectamente la esfera de Marte por la ventanilla. Nos acercábamos a gran velocidad cuando de pronto el plantillo comenzó a decelerar y se dispuso a aterrizar en uno de los satélites. El llamado Deimos.

Me sorprendió una gran cúpula de cristal en la cara sur del satélite. Y pude comprobar que nos introducíamos por una portezuela que se abrió en la cumbre.

Dentro de esta semiesfera me pareció estar en la Tierra. Campos de cultivo completamente verdes se cubrían todo el suelo.

La puerta de mi camarote se abrió y apareció otro ser al que no había visto todavía. La capitana.

¿Para qué describir a aquel engendro? Si el que me secuestró era feo y el godo de los cojones no tenía un pase, esta tiparraca ofrecía peor aspecto. Con unos labios gordotes pintados de rojo carmín y gafas de culo de vaso. La contemplé atónito.

-Como se te ocurra decirme un piropo de esos a los que son tan aficionados los albañiles terrícolas te corto la chorra. –Me dijo mientras se contoneaba caminando hacia mí.

Pensé que si los albañiles la veían algún día por la calle, en lugar de piropearla se pondría a trabajar a destajo.

-Tranquila capitana, me comportaré como debe ser. Por cierto ¿Dónde estamos?- le pregunté.

-En una plantación de cacahuetes que hemos instalado en esta luna de Marte. A ella traemos a los seres raros dignos de estudio y de paso les hacemos trabajar.

Me señaló a un individuo que se afanaba en recoger cacahuetes y meterlos en un saco.

Pero si ese es Maroto! El del PP. –Dije con asombro- ¿Cómo es que está aquí?

-Bueno, ese es un caso especial. No es que se trate de un humano especialmente interesante para nuestras investigaciones. Pero el tontolaba se empadronó aquí para ser Senador o no sé qué. Y según nuestras leyes, trabajas donde dices que vives.

Me cogió del brazo sin brusquedad y me condujo hacia otra estancia de la nave. En ella había un ordenador humeante y un montón de lucecitas parpadeantes, controles de todo tipo, varios sillones a la escala de esos seres. Bueno, la nave no era tan cutre al fin y al cabo. Eso ya era otra cosa. En la pared central vi un poster de un hombre con coleta que decía:

“El cielo se toma por asalto”.

La capitana se percató de que yo había visto la fotografía y me dijo:



-Se trata de un macho alfa. Llevamos tiempo detrás de él para abducirlo y llevarlo a nuestros laboratorios. Pero el gachó ha cambiado de domicilio y ahora no lo encontramos. Sospechamos que esté en la galaxia Galapagar. Pero allí no podemos ir. Es territorio enemigo. Es el reino de los Echeniques tras su guerra civil con los Errejones. Especies sumamente peligrosas. No nos atrevemos a navegar por aquellos lares. –Me explicó.

-Si quieres puedes bajar al huerto a estirar las piernas. –dijo - y no te sorprendas si ves a terrícolas conocidos. Detrás de esa loma tenemos a un tal Mariano sembrando alcachofas, que dice que le gustan mucho, en aquella ladera tiene la choza un tal González. Ese se dedica criar chufas. Teníamos también hace tiempo un zoológico con elefantes que nos ayudaban mucho con las tareas de arado y transporte. Pero un día secuestramos a un tal Juan Carlos I y se nos jodió el invento.

-¿Me vais a dejar aquí?- Pregunté aterrado.

-No, esto es solo una parada técnica para repostar melones. Una tal Guille los cría como nadie. No existen mejores ejemplares en toda la galaxia. Y a nosotros nos encantan.

Después me condujo a una escalerilla para bajar a tierra.

-Para ti tenemos otros planes. – Su comentario me pareció escalofriante.

-¿Qué clase de planes son esos?

Me miró con un semblante que me pareció picarón. (Si es que eso puede apreciarse en el rostro de aquel adefesio), se quitó las gafas, me guiñó un ojo y se bajó un poco la cremallera del escote.

-SOCORRRO – es lo único que pude pensar en aquel momento mientras perdía de nuevo la consciencia.


© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.