CAPITULO 12


CAPITULO 12

                                                                            HOSPITAL


Desperté en una cama blanda, con un fortísimo dolor de cabeza. Abrí los ojos y los volví a cerrar cegado por una luz que me pareció familiar.

Poco a poco pude acostumbrarme a la claridad y me vi enganchado a un gotero. Sin duda estaba en algún hospital.

Definitivamente me consideré afortunado de seguir con vida tras el brutal disparo que me había efectuado el gilipollas ese del uniforme.

-JuanVi, ¿Cómo estás? – me dijo alguien.

-Vivo- le contesté sin todo el convencimiento.

Y luego se precipitaron acontecimientos para los que no estaba preparado.

Comencé a darme cuenta de que estaba de nuevo en la Tierra, concretamente en el Hospital General de Valencia (lo ponía en las sábanas) y el que me hablaba era mi jefe, ya que yo trabajo allí.

-Menudo porrazo te diste anoche bajando la basura. Por un momento pensamos que no lo contarías- me dijo.

-¿Anoche bajando la basura?, no, estás equivocado. Yo ayer estaba en la Confederación. Un lugar en medio de una galaxia que ahora mismo no sabría decir cuál es.

-Joder macho, no me digas que te has quedado tonto perdido a consecuencia del golpe. No voy a tener más remedio que sacar tu plaza a concurso. – Me dijo medio en broma (¿Medio en broma?).

No podía ser que todo aquello hubiese sido un sueño. Todo parecía tan real, la capitana, mi Angel custodio, los seres a los que había conocido, Diógenes, el Puigdemont…. ¡Qué decepción!

Entró una enfermera y me tomó la temperatura.

-En breve vendrá el neurólogo y le hará unas pruebas rutinarias para observar su evolución.

-Juanvi, Juanvi- me dijo mi jefe- a tu edad ya deberías tener cuidado. Mira que estos golpazos dados tontamente en la cabeza pueden tener graves consecuencias.

Mi mujer estaba a mi lado y puntualizó:

-Si es que es un tonto que no tiene maña nada más que para dar disgustos. Me tiene harta con sus tonterías.

Yo seguía perturbado, mi mente permanecía vagando por el cosmos, contemplando al sol amaneciendo como una perla sobre la superficie de Júpiter y sintiendo mi cuerpo flotando en la más absoluta y maravillosa ingravidez.

Cuando entró el doctor me tocó ligeramente la cabeza, me ajustó el vendaje y puso una radiografía de mi cráneo en una pantalla y sonrió satisfecho.

-Bueno, al fin y al cabo no ha sido más que una conmoción. En dos días estará usted listo para seguir dando guerra.

-Bueno, yo me marcho. – Dijo mi jefe- pasaré mañana a ver si estás mejor. – Me alegro de que al final no haya sido nada.

Estaba saliendo ya de la habitación cuando dio media vuelta.

-Por cierto, en la mesilla tienes tus cosas, que no se te olviden cuando te den el alta.

Durante algunas horas seguí viviendo en ambos mundos, vagando del uno al otro, desorientado. Infeliz por un lado y tranquilo por otro.

El martes a las 13 horas recibí el alta médica. Me vestí con mis eternos pantalones vaqueros negros y mi camisa de rayitas y abrí el cajón en donde estaban mis pertenencias.

El pijama ensangrentado, las gafas, las llaves de casa y un viejo pergamino amarillento en que se podía leer claramente que era el Conde-Duque de Leda, con su borla de cera roja y toda la parafernalia y firmado por una tal sarlwerasvasdf, capitana de la nave interceptora UH607 de la Confederación Intergaláctica.

Gracias a aquel descubrimiento gané cuatro cosas:

-Un título nobiliario intergaláctico. ¡Joderos!

- Una experiencia única sólo al alcance de unos pocos privilegiados.

-Una enorme paz interior.

-Y un ingreso de por vida en la sala de Psiquiatría, habitación 128, desde la que he escrito estas memorias.


                                                                              FIN



© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.