CAPITULO 10


CAPITULO 10

                                                                            CONFEDERACIÓN


Pasado un tiempo que no puedo determinar, llegamos a un hermoso planeta anaranjado algo mayor que la Tierra. Aterrizamos en una especie de helipuerto enorme construido junto a un edificio de cristal de varios cientos de plantas.

Una nube de periodistas se agolpaba en las puertas y yo pensé que se trataba de mi recibimiento estelar. Pensé que debería inventarme una buena frase que pasara a la posteridad y tras devanarme los sesos al fin la encontré “Estoy hasta la polla de esta mierda”. – Me sentí satisfecho con mi capacidad de improvisación.

Dos oficiales femeninos me escoltaron mientras bajaba de la nave. Tenían las piernas como las cabras y las tetas grandes como las de las vacas. Al verlas recordé la frase que dijo Einstein cuando le preguntaron sobre la evolución: “Dios no juega a los dados”. Pues mira por donde, tío listo, en este caso parece que sí que echó una partidita.

Me sorprendió que no me hicieron ni caso. Ni una triste foto, ni una entrevista, ni siquiera me preguntaron por Paquirrín. Pasé sin pena ni gloria entre ellos. ¡Asco de prensa, en todos los sitios igual, no saben apreciar donde está la noticia!

Luego supe que se iba a celebrar una cumbre al más alto nivel dentro de la Confederación. Aquel edificio era el equivalente a nuestro Congreso pero sin leones en la puerta. En un acto más de sabiduría cósmica, esta gente había puesto dos grandes cucarachas de bronce.

Por lo visto, el actual Presidente, un tal Kim-Jong-Un (o algo parecido, ya sabéis que esta gente tiene unos nombres muy raros) había fallecido súbitamente de un ataque de caspa. La situación era bastante grave ya que no era admisible un vacío de poder en estos momentos en los que la guerra estaba recrudeciéndose.

Mis guardianas me introdujeron en la impresionante sala de conferencias en donde miles de diputados, senadores, representantes de todos los mundo confederados, altos mandos militares y otras gentuzas varias de todas las especies iban a iniciar el debate de sucesión.

Una representante de la galaxia Al-Anda_lus, llamada Suss-Ann-ADi-AZ (Susan para los amigos) subió al atril y tomó la palabra.

-Como todos ustedes saben, nuestro presidente ha fallecido y necesitamos urgentemente un nuevo rector. Por orden de turno establecido, le corresponde este honor al representante del planeta Mediterráneum-Levantun, el honorable XimmO Pui-g. Pero el pintor de cámara oficial se niega a hacerle un retrato argumentando que es más feo que Picio. Y como todos ustedes saben, es requisito indispensable superar este trámite antes de jurar la Constitución Galáctica ante un boniato. Así que queda descartado para el cargo por imperativo legal.

Susurros y protestas de los Mediterráneum.

-Tampoco podemos saltarnos el turno y nombrar a otro por orden de lista porque eso infringe las normas del artículo 345-bis, establecido en la Carta Magna. De todas formas, todos ustedes saben que el cargo de presidente no conlleva ningún poder más allá del de figurar, es un papel de paja al fin y al cabo. Un títere podríamos decir. Así que podemos nombrar libremente a cualquier individuo neutral ya que no es necesario que sea precisamente un lumbreras. - Y me miró a los ojos.

-¿Qué quería decir con todo aquello la rubia de bote!.- me cabreé.

La Delegada siguió con su intervención:

-El destino, siempre tan misterioso y en ocasiones oportuno, nos brinda la posibilidad de contar para este puesto con todo un Conde-Duque de la lejana Vía Láctea. Un individuo que a pesar de su cara de tontaina puede servir perfectamente para el cometido asignado.

¡Qué fácil me resultó cagarme en su padre después de aquellas palabras!

Me señaló con el dedo y me hizo gestos para que subiera al estrado. Las oficiales de las patas de cabra me levantaron de mi asiento y me llevaron en volandas hacia la tribuna.

-Este es Juan VI, Conde-Duque de Leda, semental de la ganadería de Peralta y Salvador de vidas infinitas, tal y como figura en su currículum.- La Susan me dio un par de besos en la cara (¡Hay que ver que besuconas son esta gente!) y me empujó hacia el atril en donde estaba situado el micrófono grande como una alcachofa.

Reinaba el silencio en todo el enorme salón. Cuando de repente un individuo muy parecido al príncipe Carlos de Inglaterra comenzó a aplaudir con sus enormes orejas. Poco a poco el resto de asistentes se fue sumando al aplauso y aquello terminó con una unánime ovación.


Guapo!- gritaron las representantes de la constelación de Virgo (comprensible) mientras arrojaban su ropa interior al escenario. Bueno, es indudable que para algunas conservo todavía mi atractivo natural. ¡Jódete George Clooney!

-¡Presidente, Presidente!- gritó un individuo a todas luces borracho como una cuba.

Yo estaba abrumado por el súbito discurrir de los acontecimientos. Mi estado de acojone no tenía parangón. Intenté articular alguna palabra pero no lo conseguía. Mi boca estaba seca.

Unos conserjes me dieron un bastón de mando muy gordo, me pusieron una especie de gorro ridículo y una túnica roja de terciopelo. Un observador poco avezado no hubiese distinguido fácilmente diferencias entre mi aspecto y el del rey de bastos.

Por fin, vencí el nerviosismo y la estupefacción y pude decir:

-Damas y caballeros- y mi voz resonó en aquel recinto gigantesco con la reverberación propia de la de un obispo pronunciando un sermón en una catedral. Creo recordar que me meé encima.


© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.