CAPITULO 1


CAPITULO 1

                                                                              EL ENCUENTRO


La noche era cálida. Andaba ya cerca del contenedor para tirar la bolsa de basura cuando escuché unos pasos detrás de mí. Me sobresalté un poco porque no había visto a nadie por la acera cuando salí del portal. Pero hice de tripas corazón y cuando vi quien era el autor de dichos pasos hice de corazón tripas. Era un ser muy bajito, de largos brazos, piernas finas y cabeza como la de mi compañero Luis pero todavía más grande, si cabe.

Era lo que los ufólogos llaman un alienígena gris. A primera vista no lo reconocí como tal, pero me fijé que en su pecho llevaba un cartel que decía “Soy un alienígena gris”. Até cabos.

Se acercó a mí dando unas últimas zancadas con seguridad y me entregó un objeto parecido a un teléfono móvil. El cacharro era una especie de traductor. De repente puede escuchar por el altavoz del artefacto:

- Date por jodido terrícola. Venimos a por ti para experimentar con tu cuerpo.

- ¿Qué mierda es esta? - contesté - ¿No deberías hablarme por telepatía cono Dios manda?

- Muchos documentales ves tú del Discovery Max. – Me dijo.

Me llené de valor. Es lo que tiene el ser humano ante situaciones extrañas:

- Mira macho, o lo que seas. Vamos al grano. ¿Qué es eso de que vienes a experimentar con mi cuerpo? Te vas a llevar una ostia que vamos a morir los dos. Tú de la bofetada y yo de la onda expansiva. Payaso.

El cacho cabrón de extraterrestre se metió la mano en la entrepierna y sacó una pistola de considerable tamaño. (Ya me parecía a mi mucho paquete para este enano).

- No voy a perder mi tiempo en discutir contigo, homo-sapiens, te vienes a mi platillo y chitón.

Empecé a enfurecerme seriamente.

-¿Qué me has llamado?

-Homo-sapiens. ¿No es ese el nombre de tu especie? – Preguntó un poco confuso.

-Pues no. Tío listo. Yo no he pensado en mi vida. Y desde que compro tabletas de Viagra por Internet, he retrocecido en la evolución y ahora soy homo-erectus. ¡No te jode!.

Mira, llegado a este punto no pude contenerme. Dejé la bolsa de la basura en el suelo, me remangué un poco la camisa del pijama que llevaba puesta y de un brinco, en una encomiable muestra de valor, salté como un atleta y eché a correr calle abajo. Pude ver de reojo que el individuo no me alcanzaba pero me apuntaba con el arma. Así que puse en práctica mis conocimientos de cuando hice la mili en infantería y corrí en zigzag para que no me acertase el disparo.

 El chasquido de mis chanclas resonaba como un eco en mitad del silencio de la noche. Cuando de repente: ¡ZAS!

Sentí como un martillazo en las nalgas producido por el rayo paralizante que me había disparado el payo gris. 

Caí al suelo al instante y vi, sin poder moverme, como venía hacia mí con toda la parsimonia y la cachaza de quien huele a victoria. Perdí el sentido. No sé si por el puto disparo o porque tenía más miedo que un nudista en una perrera.


Cuando por fin desperté, sin saber cuánto tiempo llevaba inconsciente, estaba dentro de su nave.


© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.